Bolivia tiene uno de los sindicalismos más activos y movilizados del mundo. La cantidad de organizaciones, marchas, protestas y bloqueos sugiere una fuerza social poderosa. Sin embargo, ese protagonismo contrasta con una realidad persistente: los trabajadores no mejoran, los campesinos siguen estancados y la informalidad domina la economía. La promesa de defensa del humilde no existe. En lugar de representar a las bases, los sindicatos protegen sus propias estructuras y a sus dirigentes. Durante el auge del MAS, los líderes sindicales no solo ganaron influencia, sino también poder económico y cercanía con el Estado. Se consolidó una relación en la que el sindicalismo dejó de ser contrapeso y pasó a ser aliado del poder. Hoy, más que defender derechos laborales, estos sectores buscan recuperar ese espacio perdido. Ven en la libertad económica y en la autonomía individual una amenaza a su control. Por eso, lo que está en marcha no es una lucha social genuina, sino una “operación retorno” para reinstalar un modelo que les garantice poder, influencia y privilegios.