Editorial

El narco-estado heredado

Para que se produzca y salga del país un solo kilo de cocaína —y no es uno, sino muchas toneladas— alguien tiene que mirar para otro lado.

Editorial | | 2026-05-06 07:07:04

Para que se produzca y salga del país un solo kilo de cocaína —y no es uno, sino muchas toneladas— alguien tiene que mirar para otro lado. No es una metáfora: es una descripción técnica de cómo funciona este negocio con la complicidad estatal. El narcotráfico no prospera en el vacío del Estado; prospera en sus grietas compradas. Y el Estado boliviano está totalmente perforado.

La cadena de la droga empieza lejos de la frontera, en un depósito legal donde un fiscalizador firma que la acetona y el éter se destinaron a la industria farmacéutica, cuando ambos terminarán disolviendo pasta base en un laboratorio del Chapare.

El producto terminado debe moverse. Y aquí el Estado vuelve a aparecer, esta vez en forma de retén de carretera con visión selectiva. El policía que cobra por no abrir un maletero no es una excepción del sistema: es parte de su arquitectura. Más arriba, alguien con acceso a los planes operativos de la FELCN llama a tiempo y el campamento queda vacío antes de que llegue la “caballería”. Así se explica esa extraña regularidad: muchos operativos, pocas capturas de peso.

Luego viene el nudo crítico: la salida del país. Aquí la complicidad se vuelve institucional. Un verificador aduanero asigna "canal verde" —sin inspección física— a una empresa exportadora que durante meses despachó madera legal para ganarse esa confianza. El personal de rampa en el aeropuerto sabe qué maleta no debe pasar por el escáner de turno; las cámaras de seguridad tienen ángulos muertos que no son accidente. Para que un cargamento suba a un vuelo comercial con destino a Europa, necesita que varios funcionarios, en varios puntos, actúen en el momento exacto. Eso no es corrupción espontánea: es coordinación.

Y si algo falla, si alguien cae, se activa el último eslabón: la justicia. Un fiscal que "olvida" presentar una prueba clave. Un juez que concede medidas sustitutivas con argumentos que no resistirían un minuto de escrutinio. Un proceso que se demora hasta que el testigo clave desaparece.

El dinero lava su origen en el cemento de nuestras ciudades. Edificios que se construyen y se venden a precios imposibles de justificar, estancias ganaderas que crecen con efectivo sin historia, notarías que procesan fortunas sin hacer preguntas.

Frente a todo esto, el gobierno despliega cientos de policías en las avenidas. Ocho muertos en una semana en Santa Cruz no son una ola de inseguridad; son el comunicado interno de una organización criminal que disputa territorios y rutas. Los ajustes de cuentas a plena luz del día son la señal de que una estructura se siente suficientemente dueña del espacio como para matar en él sin ocultarse. Ningún patrullero en una rotonda modifica esa ecuación.

Sacar uniformes a la calle tiene una lógica: es visible, es fotografiable, calma la percepción de inseguridad por unos días. Pero el narcotráfico no se intimida con presencia; se adapta a ella. Mientras el Estado mide su respuesta en cantidad de efectivos por cuadra, el narco la mide en toneladas por mes. Y en esa métrica, la balanza no está equilibrada.

Lo que se necesita no es más visibilidad sino integridad: inteligencia financiera que siga el dinero, contrainteligencia que identifique al topo y voluntad política para tocar intereses dentro de las instituciones. Mientras eso no ocurra, los uniformes en las esquinas solo sostienen la apariencia de un Estado que actúa, sin el riesgo de perseguir realmente al narcotráfico.