Nadie con un mínimo de honestidad intelectual pudo haber pensado que desmontar dos décadas de hegemonía populista sería una tarea de guante blanco. Todos sabíamos, y lo sabemos ahora con más crudeza que nunca, que salir del hoyo oscuro en el que nos dejó el MAS sería un proceso doloroso, lento y plagado de sabotajes. El modelo que heredó Rodrigo Paz no es solo una estructura económica fallida; es un sistema diseñado para la dependencia, con raíces profundas en la burocracia, los sindicatos prebendales y las economías subterráneas que hoy se resisten a morir.
Bolivia se encuentra en una encrucijada histórica. El modelo del "gasto ciego" y la asfixia al productor agotó las reservas, destruyó la seguridad jurídica y nos dejó una sociedad acostumbrada al chantaje de la carretera bloqueada. Para salir de aquí, no bastan los paños fríos; hay que dinamitar el modelo centralista y rentista que nos trajo hasta este abismo. Avanzar requiere coraje para implementar reformas estructurales, como la bancarización de la propiedad rural o la liberalización de las fuerzas productivas, sin las cuales seguiremos mendigando dólares y combustibles.
Sin embargo, el camino hacia la reconstrucción está siendo asediado desde dos frentes. Por un lado, el "dispositivo de derrocamiento" está en plena marcha. La Central Obrera Boliviana, hoy convertida en un actor que desconoce la jerarquía ministerial y toma instituciones, no busca mejores salarios; busca la claudicación del Ejecutivo. El pacto entre la dirigencia sindical y los sectores radicales afines a Evo Morales tiene un objetivo nítido: forzar la salida prematura de un gobierno que representa la amenaza de un cambio de ciclo real. Están buscando el momento exacto para que el "empate catastrófico" se resuelva en la calle y no en las urnas.
Lo más grave, y lo que nos obliga a una autocrítica urgente, es que lamentablemente el presidente les está facilitando las cosas. Rodrigo Paz parece haber caído en la trampa de la "gobernabilidad a cualquier precio". Al ceder ante las presiones callejeras, el mandatario no está comprando paz, está comprando su propia debilidad. Cada paso atrás frente a quienes le gritan "renuncia" en las puertas de los ministerios es una señal de vulnerabilidad que envalentona al sedicioso y desmoraliza al aliado.
No se puede combatir un sistema mafioso y corporativo con timidez institucional. El presidente debe entender que su mayor activo no es la aprobación de quienes nunca lo apoyarán, sino la firmeza de quienes votaron por un cambio de rumbo. Si el Gobierno sigue sacrificando sus reformas estrella para calmar a una calle que ya ha decidido su derrocamiento, terminará aislado: sin el apoyo del sector productivo de Santa Cruz y a merced del "sicariato sindical" que hoy lo ningunea.
Es momento de juntar fuerzas. La reconstrucción de Bolivia es una tarea que excede a un hombre, pero requiere de un líder que no parpadee ante el conflicto. Salir del hoyo es posible, pero solo si el capitán del barco deja de entregar el timón a quienes quieren hundirlo.
Es momento de juntar fuerzas. La reconstrucción de Bolivia es una tarea que excede a un hombre, pero requiere de un líder que no parpadee ante el conflicto. Salir del hoyo es posible, pero solo si el capitán del barco deja de entregar el timón a quienes quieren hundirlo.