La sentencia bíblica es tan gráfica como brutal: «Como el perro que vuelve a su vómito, así es el necio que repite su necedad». En la política boliviana, esta imagen no es solo una advertencia moral, sino una descripción sociológica de nuestra conducta colectiva. Tras dos décadas de un modelo que erosionó la institucionalidad, dilapidó la mayor bonanza económica de nuestra historia y fracturó el tejido social, Bolivia parece hoy presa de un vértigo masoquista: la tentación de retornar a los pies de sus destructores.
¿Por qué Bolivia se resiste a salir del pozo? Mientras naciones centroamericanas como El Salvador rompen paradigmas para salir del estancamiento, o países africanos —otrora símbolos de la miseria— abrazan la apertura y el orden para prosperar, el boliviano parece atrapado en un bucle de fatalismo. No es una incapacidad de entender la realidad; es una patología de la psicología social que prefiere la "seguridad" del desastre conocido antes que la incertidumbre de la libertad responsable.
El primer factor de este retorno es el paternalismo atávico. El MAS no sólo instaló un modelo económico; sembró una dependencia psicológica. El Estado no es visto como un administrador de justicia y orden, sino como un "Padre" proveedor. Cuando el ciudadano democrático intenta sanear la economía y exige disciplina, el boliviano —golpeado por años de clientelismo— siente una orfandad aterradora. Es ahí donde el populismo opera: ofrece el retorno al útero del subsidio y la dádiva, ocultando que ese alimento es, en realidad, el residuo de un sistema que ya se consumió a sí mismo.
En segundo lugar, opera el escepticismo como mecanismo de defensa. El boliviano ha sido tan traicionado por la retórica política que ha dejado de creer en el progreso a largo plazo. Si la democracia no entrega resultados inmediatos y tangibles —un dólar fijo, una subvención insostenible—, el ciudadano retira su apoyo. Esta "ética del presente" impide construir una nación. Preferimos comer las semillas hoy que esperar la cosecha de mañana.
Pero quizás el elemento más corrosivo es la desidia de la reserva moral. Mientras los sectores desestabilizadores operan con una disciplina cuasi militar para socavar la gestión de Rodrigo Paz, la sociedad civil democrática parece haber caído en una anestesia peligrosa. Se deja pasar, se deja de luchar, se entrega la calle. La democracia se muere no porque los tiranos sean fuertes, sino porque los demócratas están cansados.
Volver al vómito es aceptar que no merecemos nada mejor. Es confirmar el prejuicio de que Bolivia es un país inviable que solo puede ser gobernado bajo la bota o el soborno. Romper este ciclo requiere más que una buena gestión económica; exige una ruptura psicológica. Si no dejamos de lamer las heridas del pasado y de abrazar las recetas que ya nos envenenaron, seguiremos siendo el perro de la parábola: un animal de costumbres circulares, condenado a su propia indigencia espiritual. Bolivia no está destinada al fracaso, pero parece desesperadamente empeñada en él.
Si no dejamos de lamer las heridas del pasado y de abrazar las recetas que ya nos envenenaron, seguiremos siendo el perro de la parábola: un animal de costumbres circulares, condenado a su propia indigencia espiritual. Bolivia no está destinada al fracaso, pero parece desesperadamente empeñada en él.