
Irán comenzó a flexibilizar parcialmente el bloqueo del estrecho de Ormuz para buques asiáticos, especialmente chinos y japoneses, coincidiendo con la visita del presidente Donald Trump a Pekín y su reunión con Xi Jinping. El movimiento revela hasta qué punto la crisis energética mundial está empujando a Teherán a diferenciar entre países enemigos y socios estratégicos.
Las agencias iraníes Tasnim y Fars, vinculadas a la Guardia Revolucionaria, informaron que desde el miércoles comenzaron a autorizar el paso de embarcaciones chinas por el estrecho, tras solicitudes diplomáticas del gobierno de Beijing. La decisión representa el primer alivio visible dentro del cerco marítimo impuesto por Irán desde el inicio de la guerra y confirma el peso político que China tiene actualmente sobre el régimen iraní.
El dato tiene enorme relevancia internacional. Antes del conflicto, por Ormuz transitaba cerca de una quinta parte de los hidrocarburos del planeta. El cierre parcial del corredor disparó los riesgos para el comercio energético global, especialmente para Asia, altamente dependiente del petróleo del golfo Pérsico. La reapertura selectiva muestra que Teherán intenta utilizar el estrecho como herramienta de presión geopolítica sin romper completamente el flujo comercial hacia sus principales compradores.
Según las agencias iraníes, hasta 30 buques cruzaron el estrecho entre la noche del miércoles y el jueves con autorización de Teherán. Aunque las cifras son difíciles de verificar debido a que muchas embarcaciones apagan o falsifican sus sistemas de rastreo, empresas de inteligencia marítima confirmaron un incremento de movimientos en los corredores controlados por la Guardia Revolucionaria iraní.
Uno de los casos más simbólicos es el del superpetrolero Yuan Hua Hu, perteneciente a la naviera estatal china COSCO. El buque, cargado con dos millones de barriles de petróleo iraquí, logró abandonar el golfo Pérsico y ya navega hacia el puerto chino de Zhoushan tras atravesar tanto el control iraní como el bloqueo naval estadounidense desplegado en la región.
Otro barco chino, el Xiang Jian Kou, utilizó incluso un mensaje explícito en su sistema AIS: “Buque y tripulación china”. La frase refleja el nuevo escenario en el estrecho, donde la identificación nacional se convirtió prácticamente en un salvoconducto político para evitar ataques o abordajes. El mensaje también evidencia que Beijing ha logrado un nivel de protección informal sobre sus rutas energéticas.
Japón también aparece beneficiado por la flexibilización iraní. El superpetrolero Eneos Endeavor consiguió salir del estrecho cargado con crudo kuwaití rumbo al puerto japonés de Kiire. Se trata del segundo buque de este tipo que logra atravesar el bloqueo desde el inicio de la guerra, una señal de que Teherán intenta evitar un enfrentamiento abierto con las economías asiáticas dependientes del petróleo regional.
La medida coincide directamente con la reunión entre Trump y Xi en Pekín, donde ambos líderes coincidieron públicamente en la necesidad de mantener abierto Ormuz para garantizar el libre flujo energético mundial. El gesto iraní parece responder tanto a la presión diplomática china como al intento de evitar que Beijing se acerque más a Washington en medio de la crisis.
En términos estratégicos, Irán está enviando un mensaje dual. Por un lado, mantiene la capacidad de controlar el estrecho y afectar el comercio global; por otro, demuestra que puede administrar selectivamente el acceso según sus intereses políticos. La Guardia Revolucionaria busca proyectar la imagen de que Teherán sigue siendo el verdadero árbitro de una de las rutas marítimas más importantes del planeta.
Sin embargo, la situación sigue extremadamente volátil. El tránsito marítimo continúa muy por debajo de los niveles normales. Antes de la guerra cruzaban diariamente entre 120 y 140 embarcaciones; actualmente apenas circulan unas 10 o 12. Muchas navieras prefieren no arriesgar sus barcos ante la posibilidad de ataques, confiscaciones o enfrentamientos militares en la zona.
Las tensiones no disminuyeron pese a la apertura parcial. Este jueves, un buque con bandera hondureña fue interceptado frente a Emiratos Árabes Unidos y llevado hacia aguas iraníes. Según informes británicos, la embarcación funcionaba como un “arsenal flotante” utilizado por empresas de seguridad marítima para operaciones antipiratería. El episodio confirma que Irán continúa utilizando operaciones de presión y control militar incluso mientras flexibiliza el paso para determinados países.
La crisis de Ormuz está dejando además una transformación geopolítica más profunda: China emerge como el actor indispensable para estabilizar Medio Oriente sin necesidad de intervención militar directa. Mientras Estados Unidos mantiene su presencia naval y aumenta la presión sobre Irán, Beijing utiliza su influencia económica y energética para garantizar el flujo de petróleo hacia Asia. La apertura selectiva del estrecho demuestra que Teherán escucha a China de una manera que hoy pocas potencias logran.
El resultado es un nuevo equilibrio de poder en el golfo Pérsico. Irán mantiene el control coercitivo sobre Ormuz, Estados Unidos conserva su músculo militar en la región, pero es China quien empieza a consolidarse como el intermediario capaz de evitar que la guerra derive en una paralización total del comercio energético mundial.