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280 millones de personas viven fuera de su país: Estados Unidos acoge a uno de cada seis migrantes del planeta

En tres décadas, la migración global se duplicó y reconfiguró el mapa demográfico mundial. Europa triplicó su población inmigrante, el Golfo Pérsico se convirtió en imán de mano de obra y América del Norte consolida su hegemonía como destino migratorio.

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Internacional | Agencia | 2026-05-18 07:33:31

Más de 280 millones de personas vivían en 2024 fuera de su país de origen, el doble que en 1990, según los datos más recientes del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas (DESA). El fenómeno no solo creció en escala: cambió de geografía, de lógica y de protagonistas. El resultado es un mapa demográfico global profundamente reconfigurado, donde Estados Unidos sigue siendo el gran imán, pero Europa y el Golfo Pérsico emergen como los actores de mayor transformación relativa.

Estados Unidos acoge a 52,4 millones de migrantes en 2024, casi uno de cada seis de todos los migrantes del planeta, más que los tres países siguientes juntos. La cifra duplica los 23,3 millones registrados en 1990 y consolida al país norteamericano como destino migratorio sin parangón, sostenido por una combinación de oportunidades económicas, demanda laboral estructural, reunificación familiar y un sistema de inmigración —aunque tensionado políticamente— con una capacidad de absorción sin equivalente en el mundo.

"La migración ya no es un fenómeno marginal ni excepcional: es una variable estructural de las economías del siglo XXI, tan determinante para el crecimiento como la inversión en infraestructura o la productividad tecnológica."

Pero el dato verdaderamente revelador del período 1990-2024 no está en Washington sino en Madrid, Roma y Berlín. España casi quintuplicó su población inmigrante, pasando de menos de 1,8 millones a 8,9 millones. Italia triplicó la suya, de 1,5 a 6,6 millones. El Reino Unido pasó de 3,7 a 11,8 millones. Alemania, que ya era un receptor importante en 1990 con 7 millones, llegó a 16,8 en 2024, convirtiéndose en el segundo mayor destino migratorio del mundo. Europa, en conjunto, pasó de ser un continente de emigración histórica a convertirse en el segundo polo receptor del planeta.

Este giro demográfico europeo responde a factores multicausales. El marco de libre circulación dentro de la Unión Europea facilitó la movilidad intracomunitaria, pero el grueso del crecimiento provino de flujos extrarregionales: migrantes laborales del norte de África y Asia Central, refugiados de conflictos en Siria, Afganistán y Ucrania, y trabajadores de baja y alta cualificación que llenaron vacíos demográficos en economías con tasas de natalidad decrecientes. Europa no atrajo migrantes por generosidad: los necesitaba para sostener su modelo de bienestar.

El caso de Turquía ilustra, además, una arista frecuentemente ignorada del fenómeno migratorio global: la de los países de tránsito convertidos en destinos. Con más de 7 millones de migrantes en 2024, Turquía es hoy uno de los mayores receptores mundiales, en buena medida por la llegada masiva de refugiados sirios desde 2011. No se trata de migración económica voluntaria, sino de desplazamiento forzado que transforma a países vecinos de zonas de conflicto en amortiguadores demográficos con escasos recursos para la integración.

El Golfo Pérsico representa, en cambio, un modelo radicalmente distinto. Arabia Saudita pasó de 4,5 millones de migrantes en 1990 a 13,7 millones en 2024. Los Emiratos Árabes Unidos, que partían de menos de un millón, alcanzaron los 8,2 millones, lo que los convierte en uno de los países con mayor proporción de inmigrantes sobre su población total en el mundo. La migración al Golfo no es libre ni permanente: está estructurada por el sistema de kafala, que vincula al trabajador con un empleador específico y limita severamente sus derechos de residencia y movilidad. Es migración como factor productivo, no como proyecto de vida.

Esa diferencia de modelo —integración versus instrumentalización— define dos paradigmas que el informe de la ONU pone en paralelo sin pronunciarse sobre cuál es preferible. En los países occidentales, el debate público sobre migración se centra en la integración, la identidad cultural y los límites del Estado de bienestar. En el Golfo, la pregunta ni siquiera se plantea: los migrantes construyen los estadios, limpian las casas y cultivan los campos, pero no van a quedarse. Son contingentes, no ciudadanos en formación.

La desaparición de Rusia del podio resulta igualmente significativa. En 1990, era el segundo mayor receptor de migrantes del mundo con 11,5 millones, en gran parte como herencia de los flujos internos del período soviético que, tras la disolución de la URSS, se reclasificaron como migración internacional. En 2024, Rusia registra 7,6 millones y ha caído al décimo puesto, reflejo tanto del empobrecimiento de su atractivo económico como de las tensiones generadas por la guerra en Ucrania, país que a su vez aparece en el ranking 2024 con 5 millones de migrantes en su territorio, principalmente desplazados internos reconvertidos en refugiados transfronterizos.

India y Pakistán, que en 1990 figuraban entre los principales receptores con más de siete y seis millones respectivamente, han perdido posiciones relativas. Ambos países concentraban en aquel entonces a grandes comunidades de refugiados afganos tras la invasión soviética; el dato evidencia cómo los conflictos geopolíticos distorsionan temporalmente las estadísticas migratorias. En 2024, India registra 4,8 millones y Pakistán 4,2 millones, una reducción que refleja tanto el retorno de refugiados como los propios flujos de emigración de sus ciudadanos hacia el Golfo y Europa.

El análisis del período 1990-2024 permite extraer una conclusión de fondo: la migración global se ha consolidado como un mecanismo de ajuste estructural de las economías desarrolladas. Los países que más han crecido como receptores —Alemania, España, Italia, los Emiratos— son precisamente aquellos con demografías envejecidas o con necesidades de mano de obra en sectores poco atractivos para la población nativa. La migración no es una anomalía que gestionar; es, en muchos casos, el recurso que evita la contracción económica.

Sin embargo, los datos de la ONU también revelan una paradoja política de primer orden: los países que más dependen económicamente de la inmigración son, con frecuencia, los que mayor resistencia política generan hacia ella. España, Italia y el Reino Unido han protagonizado debates políticos encendidos sobre límites a la entrada de migrantes en el mismo período en que sus economías absorbían millones de trabajadores extranjeros. La disonancia entre necesidad estructural y discurso político es, quizás, el fenómeno más relevante que estos números ponen de manifiesto.

El mundo de 2024 tiene 280 millones de personas que viven donde no nacieron. Esa cifra seguirá creciendo, impulsada por el cambio climático, las desigualdades económicas y los conflictos armados. La pregunta que los datos de la ONU no responden, pero sí plantean con urgencia, es si los marcos legales, políticos e institucionales que rigen la migración global están a la altura de un fenómeno que ya no es excepcional: es la norma.