
Más de 280 millones de personas vivían en 2024
fuera de su país de origen, el doble que en 1990, según los datos más recientes
del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas
(DESA). El fenómeno no solo creció en escala: cambió de geografía, de lógica y
de protagonistas. El resultado es un mapa demográfico global profundamente
reconfigurado, donde Estados Unidos sigue siendo el gran imán, pero Europa y el
Golfo Pérsico emergen como los actores de mayor transformación relativa.
Estados Unidos acoge a 52,4 millones de
migrantes en 2024, casi uno de cada seis de todos los migrantes del planeta,
más que los tres países siguientes juntos. La cifra duplica los 23,3 millones
registrados en 1990 y consolida al país norteamericano como destino migratorio
sin parangón, sostenido por una combinación de oportunidades económicas,
demanda laboral estructural, reunificación familiar y un sistema de inmigración
—aunque tensionado políticamente— con una capacidad de absorción sin
equivalente en el mundo.
"La migración ya no es un fenómeno
marginal ni excepcional: es una variable estructural de las economías del siglo
XXI, tan determinante para el crecimiento como la inversión en infraestructura
o la productividad tecnológica."
Pero el dato verdaderamente revelador del
período 1990-2024 no está en Washington sino en Madrid, Roma y Berlín. España
casi quintuplicó su población inmigrante, pasando de menos de 1,8 millones a
8,9 millones. Italia triplicó la suya, de 1,5 a 6,6 millones. El Reino Unido
pasó de 3,7 a 11,8 millones. Alemania, que ya era un receptor importante en
1990 con 7 millones, llegó a 16,8 en 2024, convirtiéndose en el segundo mayor
destino migratorio del mundo. Europa, en conjunto, pasó de ser un continente de
emigración histórica a convertirse en el segundo polo receptor del planeta.
Este giro demográfico europeo responde a
factores multicausales. El marco de libre circulación dentro de la Unión
Europea facilitó la movilidad intracomunitaria, pero el grueso del crecimiento
provino de flujos extrarregionales: migrantes laborales del norte de África y
Asia Central, refugiados de conflictos en Siria, Afganistán y Ucrania, y
trabajadores de baja y alta cualificación que llenaron vacíos demográficos en
economías con tasas de natalidad decrecientes. Europa no atrajo migrantes por
generosidad: los necesitaba para sostener su modelo de bienestar.
El caso de Turquía ilustra, además, una arista
frecuentemente ignorada del fenómeno migratorio global: la de los países de
tránsito convertidos en destinos. Con más de 7 millones de migrantes en 2024,
Turquía es hoy uno de los mayores receptores mundiales, en buena medida por la
llegada masiva de refugiados sirios desde 2011. No se trata de migración
económica voluntaria, sino de desplazamiento forzado que transforma a países
vecinos de zonas de conflicto en amortiguadores demográficos con escasos
recursos para la integración.
El Golfo Pérsico representa, en cambio, un
modelo radicalmente distinto. Arabia Saudita pasó de 4,5 millones de migrantes
en 1990 a 13,7 millones en 2024. Los Emiratos Árabes Unidos, que partían de
menos de un millón, alcanzaron los 8,2 millones, lo que los convierte en uno de
los países con mayor proporción de inmigrantes sobre su población total en el
mundo. La migración al Golfo no es libre ni permanente: está estructurada por
el sistema de kafala, que vincula al trabajador con un empleador específico y
limita severamente sus derechos de residencia y movilidad. Es migración como
factor productivo, no como proyecto de vida.
Esa diferencia de modelo —integración versus
instrumentalización— define dos paradigmas que el informe de la ONU pone en
paralelo sin pronunciarse sobre cuál es preferible. En los países occidentales,
el debate público sobre migración se centra en la integración, la identidad
cultural y los límites del Estado de bienestar. En el Golfo, la pregunta ni
siquiera se plantea: los migrantes construyen los estadios, limpian las casas y
cultivan los campos, pero no van a quedarse. Son contingentes, no ciudadanos en
formación.
La desaparición de Rusia del podio resulta
igualmente significativa. En 1990, era el segundo mayor receptor de migrantes
del mundo con 11,5 millones, en gran parte como herencia de los flujos internos
del período soviético que, tras la disolución de la URSS, se reclasificaron
como migración internacional. En 2024, Rusia registra 7,6 millones y ha caído
al décimo puesto, reflejo tanto del empobrecimiento de su atractivo económico
como de las tensiones generadas por la guerra en Ucrania, país que a su vez aparece
en el ranking 2024 con 5 millones de migrantes en su territorio, principalmente
desplazados internos reconvertidos en refugiados transfronterizos.
India y Pakistán, que en 1990 figuraban entre
los principales receptores con más de siete y seis millones respectivamente,
han perdido posiciones relativas. Ambos países concentraban en aquel entonces a
grandes comunidades de refugiados afganos tras la invasión soviética; el dato
evidencia cómo los conflictos geopolíticos distorsionan temporalmente las estadísticas
migratorias. En 2024, India registra 4,8 millones y Pakistán 4,2 millones, una
reducción que refleja tanto el retorno de refugiados como los propios flujos de
emigración de sus ciudadanos hacia el Golfo y Europa.
El análisis del período 1990-2024 permite
extraer una conclusión de fondo: la migración global se ha consolidado como un
mecanismo de ajuste estructural de las economías desarrolladas. Los países que
más han crecido como receptores —Alemania, España, Italia, los Emiratos— son
precisamente aquellos con demografías envejecidas o con necesidades de mano de
obra en sectores poco atractivos para la población nativa. La migración no es
una anomalía que gestionar; es, en muchos casos, el recurso que evita la
contracción económica.
Sin embargo, los datos de la ONU también
revelan una paradoja política de primer orden: los países que más dependen
económicamente de la inmigración son, con frecuencia, los que mayor resistencia
política generan hacia ella. España, Italia y el Reino Unido han protagonizado
debates políticos encendidos sobre límites a la entrada de migrantes en el
mismo período en que sus economías absorbían millones de trabajadores
extranjeros. La disonancia entre necesidad estructural y discurso político es,
quizás, el fenómeno más relevante que estos números ponen de manifiesto.
El mundo de 2024 tiene 280 millones de
personas que viven donde no nacieron. Esa cifra seguirá creciendo, impulsada
por el cambio climático, las desigualdades económicas y los conflictos armados.
La pregunta que los datos de la ONU no responden, pero sí plantean con
urgencia, es si los marcos legales, políticos e institucionales que rigen la
migración global están a la altura de un fenómeno que ya no es excepcional: es
la norma.