El 10 de octubre de 1982 no recuperamos la democracia; solamente recuperamos el derecho a votar. El 20 de octubre de 2025, Bolivia, 43 años después, volvió a votar y otra vez se dijo que la democracia triunfó. Bolivia no vive en democracia desde hace mucho tiempo, salvo quizás en pocos episodios de su historia. La democracia se mide por lo que ocurre después: cuando un país demuestra si es capaz de respetar las leyes, proteger sus instituciones y garantizar que nadie esté por encima de las normas.
Cuando la ley no se aplica para todos por igual, deja de existir una democracia plena y, obviamente, no todos somos iguales para la justicia. En Bolivia, quienes bloquean calles y carreteras, cercan ciudades o paralizan actividades terminan obteniendo beneficios políticos o negociaciones favorables. El mensaje que recibe la sociedad es devastador: presionar funciona más que respetar las reglas. Mientras tanto, el ciudadano que trabaja, paga impuestos y cumple la ley queda indefenso.
Bolivia parece atrapada en un círculo que se repite. Cambian los nombres y los discursos, pero el modelo sigue siendo muy parecido. La población que votó por Paz y Quiroga no votó por eso; votó con la esperanza de romper ese círculo vicioso. El presidente Paz está altamente en deuda con Bolivia y parece no inmutarse. Mientras sigue hablando y hablando, y “dialogando”, pasa el tiempo y hunde a “Bolivia, Bolivia, Bolivia”. Los mil millones de dólares obtenidos producto de la venta de bonos soberanos son un paliativo, pero a costa de aumentar la deuda pública, con un gran costo financiero y postergando reformas. Esto raya en la demagogia.
Chile recuperó su democracia el 11 de marzo de 1990; han pasado más de 36 años. Mientras Bolivia se ha desgastado institucionalmente, exactamente lo contrario de lo que pretende una democracia, Chile recorría un camino distinto. Ese país también tuvo crisis, conflictos sociales y fuertes tensiones políticas. Pero logró preservar algo fundamental: instituciones relativamente sólidas y reglas más estables que permitieron construir una visión de largo plazo. En 1980, Chile atravesaba una grave crisis económica y tenía un PIB cercano a los 29 mil millones de dólares. Bolivia, por su parte, tenía una economía de 3,5 mil millones. Chile proyecta una economía superior a los 400 mil millones de dólares para 2026; Bolivia, alrededor de 43 mil millones. A primera vista, ambos países parecen haber avanzado de manera relativamente parecida. Chile multiplicó alrededor de catorce veces el tamaño de su economía entre 1980 y 2026, y Bolivia, doce veces. Hasta ahí llega alguna similitud.
Pero hay cinco grandes diferencias. Primero, Chile fortaleció sus instituciones; Bolivia las pulverizó. Segundo, Chile se transformó en un país moderno y miembro de la OECD; Bolivia sigue siendo extractivista y monoproductora. Tercero, las reservas internacionales de Chile son de 51 mil millones de dólares; las de Bolivia, prácticamente cero. Cuarto, Chile tiene una deuda pública total —interna y externa— equivalente al 43 % de su PIB; Bolivia, al 107 % (estimación mía, porque no hay datos oficiales confiables). Quinto, en Chile se vislumbra un futuro prometedor; Bolivia se hunde.
Chile utilizó ese crecimiento para fortalecer instituciones, modernizar su economía y construir bases más sólidas para el futuro. Puede tener problemas —y los tiene—, pero mantiene dirección, previsibilidad y una idea relativamente clara de hacia dónde quiere ir. Bolivia hizo lo contrario. El país creció, pero no se transformó. No fortaleció sus instituciones y desperdició miles de millones de dólares que pudieron haber cambiado su historia. Buena parte de la riqueza generada durante el boom del gas y de las materias primas terminó alimentando un aparato estatal cada vez más grande, más politizado y más dependiente de subsidios, favores y redes clientelares. En otras palabras, Bolivia derrochó tiempo, dinero y oportunidades.
Pero no se trata solamente de una crisis económica o política; es una crisis moral. La mentira se volvió cotidiana. El cinismo político dejó de escandalizar. El abuso, la impunidad, los negociados y el robo de recursos públicos fueron normalizados poco a poco. Algunos sectores minoritarios exhalan odio. Ese probablemente sea uno de los legados más pesados que deja el MAS después de dos décadas de poder.
Por eso, la reconstrucción de Bolivia no será únicamente económica. También tendrá que ser ética y cultural. Bolivia necesita una campaña masiva y permanente para recuperar valores que parecen haberse perdido: honestidad, puntualidad, respeto por la ley, valor de la palabra, esfuerzo, mérito y responsabilidad individual. Sin este cambio profundo de mentalidad, cualquier crecimiento económico será temporal y cualquier reforma terminará derrumbándose tarde o temprano.
De esa manera, Bolivia empezará a vivir en democracia. Los países no prosperan solamente cuando generan riqueza. Prosperan cuando construyen instituciones fuertes y valores capaces de sostenerlas en el tiempo. Mientras tanto, el presidente Paz se mueve con una lentitud desconcertante que decepciona cada vez más y profundiza el hueco en el que se encuentra Bolivia.