Editorial

Todos a La Paz

Hay una escena que se repite con una regularidad casi cómica. Llega un paceño a Santa Cruz, mira a su alrededor, respira hondo y suelta, con una mezcla de asombro y envidia sana...

Editorial | | 2026-05-21 07:53:40

Hay una escena que se repite con una regularidad casi cómica. Llega un paceño a Santa Cruz, mira a su alrededor, respira hondo y suelta, con una mezcla de asombro y envidia sana: "¡Qué tranquilo se vive acá!". No hay bloqueos, no hay vandalismo, no hay desabastecimiento. Las tiendas abiertas, las calles transitables, la ciudad funcionando. Para alguien que viene de una urbe permanentemente asediada por conflictos, Santa Cruz luce como un paraíso. Lo que ese visitante no termina de ver es por qué.

La Paz sufre dos males crónicos que se retroalimentan y se profundizan mutuamente: el estatismo y el centralismo. La Paz concentra todo: poder, presupuesto, instituciones, prebendas. Hacia allá marchan los sindicatos a exigir, los cooperativistas a negociar, las mafias políticas a repartirse el botín. La Paz es el gran mercado de favores del Estado boliviano. Y ese modelo, que alguna vez pareció sostenible gracias a los ingresos del gas, hoy está seco.

Lo paradójico es que todos van a La Paz y los propios paceños se van quedando sin nada, pues ni siquiera son autosuficientes. Algunos se ufanan de la minería, pero esa es una herencia maldita que nunca fue base sino muleta. Trajo divisas, pero también mafias sindicales, contaminación y una dependencia enfermiza de los precios internacionales. El gas hizo lo mismo a mayor escala. Mientras duró la bonanza, el Estado distribuía y la gente pedía. Ahora que se acabó, no queda estructura productiva que sostenga el andamiaje. Solo queda el hábito de pedir.

Y ahí está el nudo trágico: el 90% de los paceños que rechaza los bloqueos, que está harto de los conflictos, que admira la paz cruceña, es parte involuntaria del mismo sistema que los destruye. Viven del empleo público, del subsidio, del contrato estatal. No por vicio, sino porque el centralismo nunca construyó otra opción.

Santa Cruz funciona por una razón opuesta y simple: el Estado brilla por su ausencia. A Santa Cruz no se viene a pedir; se viene a aportar. El que llega trae capital, talento, trabajo o los tres. No hay bono que repartir ni cargo que asignar. Hay tierra que cultivar, mercado que conquistar y competencia que enfrentar. Eso aleja a los que viven del conflicto como herramienta de negociación —los bloqueos no funcionan donde no hay nada que extorsionar— y atrae a los que entienden que la única prebenda real es la oportunidad.

La lógica parece macabra: cada crisis que paraliza al occidente del país termina beneficiando a Santa Cruz. Cada bloqueo que corta rutas empuja a buscar nuevos mercados, a exportar lo que antes se vendía internamente, a innovar por necesidad. La maquinaria cruceña no se detiene; se adapta.

La Paz no tendrá paz mientras siga siendo el destino de todos los que van a pedir y el origen de todos los que quieren mandar. El centralismo no es solo un modelo económico fallido; es una cultura política que convierte a la ciudad en rehén de sus propios habitantes. Mientras no se descentralice el poder y se desmonte el estatismo, el ciclo se repetirá: bloqueo, negociación, prebenda, nuevo bloqueo.

La Paz no tendrá paz mientras siga siendo el destino de todos los que van a pedir y el origen de todos los que quieren mandar. El centralismo no es solo un modelo económico fallido; es una cultura política que convierte a la ciudad en rehén de sus propios habitantes.