«Jesús vio la ciudad y se puso a llorar» (Lc 19,41)
“Yo, de modo particular, hago también una autocrítica como Iglesia y me pregunto: ¿dónde está cayendo todo aquello que estamos predicando: el Evangelio, el amor al prójimo y el perdón? De verdad, duele. Duele mucho”. Así dijo, entre lágrimas, mi hermano Mons. Giovani Arana, Obispo de El Alto y secretario de la Conferencia Episcopal de Bolivia, reaccionando a la violencia que acompaña las movilizaciones en La Paz y El Alto.
Tuvo la valentía de denunciar la naturaleza de los bloqueos: “Mucha gente tiene miedo y sale a bloquear por temor, porque se le dice: ‘si tú no sales a bloquear, si tú no sales a protestar, aunque no estés de acuerdo, te vamos a quemar la casa, te vamos a saquear’. Es decir, esta población de base actúa muchas veces por miedo. Creo que los dirigentes se han acostumbrado también a escudarse en las bases, cuando en realidad no es así”.
Está viviendo una experiencia similar a la de Jesús al final de su ministerio: cuando estuvo cerca y vio la ciudad de Jerusalén, se puso a llorar por ella, diciendo: «¡Si tú también hubieras comprendido en este día el mensaje de paz! Pero ahora está oculto a tus ojos. Vendrán días desastrosos para ti, en que tus enemigos te cercarán con empalizadas, te sitiarán y te atacarán por todas partes. Te arrasarán junto con tus hijos, que están dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has sabido reconocer el tiempo en que fuiste visitada por Dios» (Lc 19,41-44).
Bolivia ha sido visitada por Dios, al igual que Jerusalén. La obra de la Iglesia no se limita solamente a templos y predicación. Incluye los primeros y mejores hospitales y colegios. En algunas partes, incluso los caminos fueron abiertos por la Iglesia Católica (Proyecto O.S.C.A.R.). Pero la reacción es, con frecuencia, como aquel día en que Jesús curó a diez leprosos y solamente uno volvió alabando a Dios. Jesús dijo entonces: «¿No quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?» (Lc 17,17-18).
Las muchedumbres que en un momento lo aclamaron como “Hijo de David” fueron fácilmente manipuladas por los fariseos para luego gritar: “¡Crucifícalo!”. Y a Pilato, aun sabiendo que era inocente, le dio igual liberarlo que crucificarlo.
Queda por responder la pregunta que hace Mons. Giovani: “¿Dónde está cayendo todo aquello que estamos predicando: el Evangelio, el amor al prójimo y el perdón?”
A veces, la respuesta parece ser: “en saco roto”.
Durante la Última Cena, Jesús, además de reconocer la debilidad de sus discípulos —que no siempre somos lo que deberíamos ser—, les dijo: «Se acerca la hora, y ya ha llegado, en que ustedes se dispersarán cada uno por su lado y me dejarán solo. Pero no, no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16,32-33).
En las redes he visto una gran cantidad de mensajes de apoyo a mi hermano, el Obispo de El Alto, epicentro de esta violencia política sediciosa, orquestada para tumbar al gobierno constitucional. Frente a mis propios mensajes y artículos, por cada cínico que comenta, hay cien mensajes de apoyo, porque la gente sabe reconocer la verdad.
Ánimo, Mons. Giovani: no estás solo. Pero vencer al mundo cuesta y duele.
Conferencia de Aparecida, la gran asamblea de la Iglesia de América Latina y el Caribe, realizada del 13 al 31 de mayo de 2007, respondió de alguna manera a tu pregunta. Allí también, tras consultar previamente a las bases, la Iglesia hizo una autocrítica con ojos de fe, reconociendo que, a pesar de la opción por los pobres asumida durante las décadas de las dictaduras militares y del compromiso por una Nueva Evangelización con mayor inculturación de la fe, aún así, en este péndulo de derecha e izquierda, y de revoluciones de un lado a otro, la violencia y las atrocidades no cambian mucho, como tampoco los índices del narcotráfico, de embarazos juveniles y otras contradicciones.
Y nos dimos cuenta de que, a pesar de haber creado una cultura que en gran medida se identifica como cristiana y católica, tenemos que volver al gran mandato misionero para hacer “discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos, en Él, tengan vida”.
No basta bautizar si no formamos discípulos. Y es algo que me pregunto todos los días: ¿soy discípulo o solo obispo? ¿Sigo a Jesús o a mis propios caprichos?
Algo tengo claro: ningún auténtico discípulo de Jesucristo va a fomentar ni protagonizar la violencia que sufre Bolivia por estos conflictos sociales, una violencia que crucifica al pueblo y a Jesucristo en los más pobres, que no tienen otro refugio que la sombra de la cruz y, quizás, su Iglesia.
Duele mucho.
«Dichosos los que lloran, porque serán consolados» (Mt 5,4).
Dios te bendiga.