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Entre la cruz y la paz, la economía empeora

# | Mario Malpartida - Periodista | 2026-05-26 06:57:17

Un país deteriorado en su civilidad parece testigo de piedra que observa cómo se acaba el respeto mutuo y aumenta el menosprecio al prójimo. Es el ambiente agresivo que destruye la cohesión y la responsabilidad social; es un signo de que falta formación ciudadana y civil.

Lo que sucede estos días en varias ciudades de Bolivia es una expresión de una historia repetida, donde convergen momentos cruentos de golpes militares y festejos de democracia. Por tanto, ya no son encrucijadas donde se puede escoger; es el mismo camino que, de pronto, cambia de sigla, color y comienza un nuevo salvataje. En todo tiempo se encuentran ciudadanos exentos de posiciones ideológicas extremas, resignados, como ahora, a soportar la realidad que oprime, atrapados por la angustia, acaso también porque creen que no hay solución posible para resolver los conflictos que padecen en la sombría soledad de la impotencia, que les impide salir, gritar y reclamar por sus derechos vulnerados.

Entonces, vuelven a ser espectadores de las acciones violentas de quienes deciden imponer cambios, así ocurran hechos fatales; convertirlos en método normal de un esquema desfigurado para acceder al poder: el comportamiento violento y las pulsiones que alimentan instintos destructivos; regocijarse ante los desechos de bienes públicos y privados, pedradas, fuego, patadas y puñetazos. Los ciudadanos quedan perplejos, cohibidos para crear esa fuerza generadora de rechazo, ese coraje que destila repudio, porque les invade el miedo; es el trastorno emocional que sufren por las constantes asonadas que comienzan argumentando reivindicaciones justas, pero que, al mismo tiempo, incluyen —excedidas de prepotencia— planteamientos irracionales.

Cuando esos extremos llegan, una de las causas —según explica la psicología social— es la sensación de impunidad que tienen los transgresores: la percepción de que no existen consecuencias legales reales. Porque, cuando no se aplica la ley, la institucionalidad del Estado se deforma.

El drama de los espectadores es que, una vez más, son testigos de escaramuzas entre civiles embozados y policías; de nuevo, la atmósfera asfixiante, resultado del humo de gases lacrimógenos, el estallido y el olor a pólvora de los petardos artificiales y el retumbo de dinamitazos; imágenes y relatos disruptivos, propios de una novela negra.

Insumos médicos retenidos en carreteras bloqueadas, al igual que pacientes en emergencia con la vida en riesgo. ¿Qué hacer ante tanto desmadre? Los habitantes de ciudades como La Paz y El Alto viven con ansiedad por lo que podría suceder más tarde, cuando las hordas enfurecidas golpeen el rumor de la ciudad sitiada. Les atormenta el presentimiento de que, en democracia o tiranía, algo está a punto de romperse. ¡Otra vez cambiar el cambio! Vuelve la discusión sobre el valor de ideologías cuestionadas. ¿Serán las más convenientes para conseguir el desarrollo económico y el bienestar colectivo, que en definitiva es el objetivo fundamental? Sin embargo, pasan los años, se suceden los gobernantes y el bienestar de los bolivianos sigue siendo un asunto por resolver.

Todos esos desbordes ocasionan pérdidas millonarias, con la mala noticia de que no serán recuperadas; es dinero esfumado de los bolsillos de los ciudadanos y de las arcas del Estado. Esa es la angustiante realidad, al margen de cualesquiera ideologías.

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