Bolivia ha construido una de las formas más perversas de organización política. Un sistema donde producir vale menos que bloquear, donde trabajar vale menos que presionar, y donde el ciudadano honesto termina sometido por corporaciones políticas que viven precisamente de destruir el funcionamiento normal del país.
Mucho se habla del “poder económico” como si los empresarios fueran los verdaderos dueños del poder. La realidad boliviana demuestra exactamente lo contrario. Aquí el verdadero poder no está en quien produce, invierte o genera empleo. El verdadero poder está en quien puede paralizar una carretera, cercar una ciudad o movilizar unas pocas centenas de personas para extorsionar al resto de la sociedad.
Un empresario puede invertir millones, generar cientos de empleos, exportar, pagar impuestos y mover la economía nacional. Pero basta un dirigente sindical improvisado, un caudillo vecinal o un operador político con capacidad de movilizar 200 personas para destruir en horas todo ese esfuerzo. El empresario no puede defenderse. No puede mover mercadería. No puede exportar. No puede cumplir contratos. No puede garantizar abastecimiento. Queda secuestrado por el poder político.
Y ahí cae una de las grandes mentiras ideológicas de nuestra época: el supuesto dominio absoluto del capital sobre la política. En Bolivia, el poder económico vive subordinado, chantajeado y condicionado por el poder político y corporativo. El empresario no se acerca al político porque quiera dominarlo, sino para sobrevivir, para evitar persecuciones, multas arbitrarias, bloqueos o ataques organizados.
El poder económico es limitado. Una empresa solo puede prosperar si logra convencer voluntariamente a alguien de comprar su producto o contratar su servicio. Si el cliente no quiere, la empresa fracasa. Está obligada a competir, mejorar y satisfacer necesidades reales.
El político es un experto en imponer. Puede prohibir. Puede bloquear. Puede destruir. Puede paralizar un país entero sin producir absolutamente nada. Ese es el verdadero poder brutal: la capacidad de dañar.
Bolivia ha institucionalizado esa lógica perversa. Alimenta una estructura donde el conflicto es un mecanismo de presión legítimo y rentable. Se premia al bloqueador, al extorsionador y al agitador. Se ha debilitado la cultura del trabajo y hoy impera la cultura de la presión corporativa. El resultado es un país donde quienes producen son castigados y quienes paralizan reciben atención, negociación y poder.
Y el drama es que el daño no recae solamente sobre “los ricos” o “los empresarios”. El golpe final siempre lo recibe el ciudadano común: el trabajador que pierde ingresos, la madre que no consigue alimentos, el transportista detenido, el enfermo que no puede llegar al hospital, el pequeño comerciante que quiebra, el asalariado cuya fuente laboral desaparece.
Bolivia parece haber llegado al extremo de la perversión política y ya no da más. Mientras esa lógica no cambie, seguiremos atrapados en un círculo donde el país entero vive rehén de minorías organizadas que han descubierto que bloquear da más poder que trabajar.
En Bolivia el conflicto es un mecanismo de presión legítimo y rentable. Se premia al bloqueador, al extorsionador y al agitador. Se ha debilitado la cultura del trabajo y hoy impera la cultura de la presión corporativa. El resultado es un país donde quienes producen son castigados y quienes paralizan reciben atención, negociación y poder.