Editorial

Cruzar el infierno

Editorial | | 2026-05-29 07:59:21

Hay una verdad que el célebre Dante Alighieri grabó en el alma de Occidente hace siete siglos: para salir del infierno no existen atajos. El único camino hacia las estrellas pasa por el descenso voluntario y lúcido al fondo del abismo. Bolivia se encuentra hoy en esa misma encrucijada. No estamos en la antesala del desastre; habitamos dentro de él. Y los bolivianos debemos tener claro que el infierno es un lugar de paso, jamás una residencia. Detenerse a medio camino es la única derrota real.

La crisis que sufrimos es doble y hay que nombrarla sin eufemismos. La primera capa es económica y visible: escasez crónica de divisas, combustible racionado, inflación que carcome el salario y el colapso terminal de un modelo que dilapidó la mayor bonanza de nuestra historia. Ese fue el costo de vivir décadas bajo la anestesia de los subsidios y la renta estatal. La factura llegó y hay que pagarla.

Pero hay una segunda capa más profunda y más peligrosa: la resistencia criminal de un Estado Narco edificado durante dos décadas. Lo que ocurre hoy en las carreteras bloqueadas, en los hospitales presionados y en las ciudades asfixiadas no es descontento social espontáneo. El objetivo no es ninguna reivindicación social: es forzar la impunidad total para blindar a sus líderes de la justicia, por delitos que van desde nexos con el narcotráfico transnacional hasta crímenes de lesa humanidad.

Cruzar el infierno no es una opción que podamos negociar ni un sacrificio que podamos diferir: es una urgencia histórica. El error más grave sería creer que el temporal pasará solo o que es posible pactar una tregua honesta con los administradores del caos. Si uno está atravesando el infierno lo que debe hacer es seguir caminando. La parálisis no es prudencia, es suicidio colectivo.

El camino de salida exige decisiones mayúsculas, todas simultáneas y ninguna cómoda. Primero, el desmantelamiento operativo de la narcopolítica. La ley no se negocia con quienes secuestran el país; el Estado debe recuperar el monopolio del orden en todo el territorio, con cooperación internacional plena y sin zonas de impunidad. Segundo, la sinceración económica sin anestesia: desmontar los subsidios que desangran el tesoro, liberar las fuerzas productivas, garantizar seguridad jurídica al capital privado y reducir un aparato burocrático que solo existe para reproducirse a sí mismo. Tercero, y más profundo, enterrar el modelo extractivista y rentista para construir una economía fundada en la productividad real, en el dinamismo de las regiones y en la libertad creadora de sus ciudadanos, encadenados por un centralismo que les teme.

Dante no rodea el infierno ni lo evita; trepa por sus lomos. Bolivia necesita tomar de frente el horror, no administrarlo. Si la institucionalidad democrática tiene el coraje de mantener el paso firme y extirpar la raíz mafiosa del sistema, este tránsito doloroso habrá valido la pena. Y si cede, si el miedo o la complicidad detienen el avance, nos condenaremos a ser un territorio fallido, sepultados permanentemente en las sombras de un inframundo que nosotros mismos dejamos prosperar.

Bolivia necesita tomar de frente el horror, no administrarlo. Si la institucionalidad democrática tiene el coraje de mantener el paso firme y extirpar la raíz mafiosa del sistema, este tránsito doloroso habrá valido la pena.