«Así debemos pensar los que somos maduros; y si en alguna cosa ustedes piensan lo contrario, Dios los iluminará». (Filipenses 3,15)
Agradezco a los muchos lectores que expresan su apoyo por lo que escribo en esta columna. Naturalmente, no faltan opiniones contrarias. Siempre hay una corriente que me acusa de meterme en política, desde cierta confusión de que la Iglesia y sus pastores no tienen derecho a opinar en esta área de la vida humana.
Pienso que la política es la actividad humana que más necesita ser evangelizada y orientada por la Iglesia. No hacerlo es fallar en nuestro deber y desentendernos de la Palabra de Dios. ¿Acaso no le importa a Dios lo que hacen los gobernantes? Lean la Biblia. Dios se preocupa mucho más por la política que por la sexualidad, aunque se ocupa de todo.
Como pastores, tenemos claro cuál es nuestro rol en este sentido y cuál no lo es.
En primer lugar, la Iglesia somos todos los bautizados: laicos, consagrados y ministros ordenados. Los obispos y sacerdotes no debemos postularnos como candidatos para ocupar puestos de gobierno civil en municipios, departamentos y naciones. En este sentido, no nos corresponde participar directamente en política partidaria. Esto corresponde a los laicos. Pero sí nos toca, como pastores, orientarlos; son nuestras ovejas. Podemos decirles, por ejemplo, que no deben bloquear caminos ni elegir a narcotraficantes para gobernar.
Cuando el Papa León XIV afirmó: “Dios no escucha las oraciones de quienes hacen la guerra. Las manos de ustedes están llenas de sangre”, citando al profeta Isaías (1,15), en alusión a lo que hizo el secretario de Defensa de los Estados Unidos al rezar por la destrucción de los enemigos del país, fue acusado de hacer política. Él explicó: “No le tengo miedo a la administración de Trump. Seguiré hablando en voz alta del mensaje del Evangelio, por el que trabaja la Iglesia”. También dijo: “No soy político… Pero creemos en el mensaje del Evangelio como constructores de paz”. Así intento hacer yo también.
Para esto contamos también con toda la Doctrina Social de la Iglesia, lamentablemente desconocida por la mayoría de los laicos, especialmente los políticos. Algunos simplemente la rechazan porque prefieren ser maquiavélicos y no éticos.
Normalmente, debemos evitar cualquier identificación de la Iglesia, como institución, con algún partido político, porque nuestra misión trasciende los objetivos de los gobiernos terrenales y apunta a la salvación eterna. Dicho esto, tenemos todo el derecho y el deber de denunciar las leyes y políticas —entendidas como estrategias de manejo del poder colectivo de gobierno— que contradicen el Reino de Dios, y de favorecer aquellas que lo promueven.
Por “Reino de Dios”, favor comprender que no se limita a un reino eterno y celestial de resucitados en el cielo, sino a aquel Reino que pedimos y anhelamos al rezar el Padrenuestro: “Venga a nosotros tu Reino”, y que consiste, sencillamente, en una convivencia humana caracterizada por el cumplimiento de la siguiente petición de esta oración: “Hágase tu voluntad en la tierra, como ya se hace en el cielo”. El Reino de Dios es cuando Dios reina, tanto en nuestras vidas personales como colectivas. Si esto sucede, tendremos el pan de cada día y seremos liberados del mal.
Por eso, nos toca evangelizar toda actividad humana, especialmente aquellas más sujetas a las tentaciones del Enemigo de Dios. “Convierte esta piedra en pan”, le dijo el demonio a Jesús. Es prácticamente la falsa promesa del socialismo: tener el pan de cada día sin el sudor de la frente. Después le ofreció “el poder y el esplendor de las naciones”: el poder sin límites del supercapitalista adorando al demonio. Finalmente, le propuso “tirarse del templo abajo para probar su fe en Dios”, en vez de confiar simplemente en su providencia y en su santa voluntad.
Las tentaciones mesiánicas de Jesús en el desierto son precisamente las que Satanás pone ante quienes aspiran al poder. Tergiversa su buen deseo de cambiar el mundo para bien, proponiendo hacerlo al margen del Reino de Dios. Así, las revoluciones se convierten en tiranías.
“Al César lo que es del César”, me dicen inevitablemente, como si yo no entendiera las Escrituras ni la misión de la Iglesia. (Además de ser obispo, formando parte del Magisterio de la Iglesia como sucesor de los Apóstoles, soy licenciado en Teología Bíblica por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, he enseñado cursos bíblicos durante muchos años y he publicado libros sobre las Sagradas Escrituras).
Jesús dijo esto para responder a una pregunta malintencionada sobre los impuestos que cobraba el Imperio romano en su tierra, indicando que, si van a utilizar las monedas del César, deben pagar sus impuestos. Pero añadió: “Y den a Dios lo que es de Dios”, lo cual es mucho más exigente, porque le debemos a Dios una obediencia total en todos los ámbitos de la vida.
Como todo ser humano, César debe arrodillarse ante Dios y dejar de presentarse como si fuera un dios o su igual. Esta cita bíblica no tiene nada que ver con la separación entre Iglesia y Estado, pues la Iglesia ni siquiera existía cuando Jesús dijo esto.
Esta separación es algo que pide la misma Iglesia para que el Estado deje de interferir en nuestras actividades y para que no haya persecución religiosa, como, por ejemplo, la que hemos sufrido en la Diócesis de San Ignacio por la absurda investigación de 2023-2024 por supuesta legitimación de ganancias ilícitas, sin poder encontrar indicio alguno de delito.
Pero, si queremos que haya buena educación, hogares para niños huérfanos, atención espiritual en hospitales, acompañamiento pastoral para militares y policías, y que oremos por la patria y los gobernantes, entonces nos damos cuenta de que esta separación es, más bien, una aclaración de las formas de sana cooperación al servicio del mismo pueblo, cada institución desde su propia misión.
Pero si la Iglesia no logra evangelizar la política, vamos a sufrir las peores atrocidades cometidas por los peores actores. Los malos aspiran al poder igual que los buenos. Los buenos quieren servir y atender nuestras necesidades; los malos quieren acaparar el poder para su propio beneficio.
Que ganen los buenos, los más alineados con los sueños de Dios, que ama a su pueblo.
Quiero felicitar a mi hermano, el arzobispo de Santa Cruz, Mons. René Leigue, por “meterse en política” al visitar al Comité Pro Santa Cruz, logrando un cuarto intermedio para el diálogo en vez de una confrontación violenta en San Julián.
Pero, para los grupos que no quieren dialogar, reitero mi sugerencia: no desbloquear, sino cercarlos con un contrabloqueo realizado por las fuerzas del orden, hasta que se sientan motivados a dialogar o a irse a casa.
Dios te bendiga.