Editorial

¿Quién se rinde?

Hay una pregunta que se escucha cada vez con más frecuencia en Bolivia: ¿es viable este país? Y la duda no nace solamente desde sectores políticos o económicos...

Editorial | | 2026-05-30 08:53:58

Hay una pregunta que se escucha cada vez con más frecuencia en Bolivia: ¿es viable este país? Y la duda no nace solamente desde sectores políticos o económicos. Nace en la calle, en los mercados, en las carreteras bloqueadas, en la frustración diaria de millones de personas que sienten que trabajan mientras otros parecen empeñados en destruirlo todo.

Cuando el bloqueo, la presión y la paralización se convierten en un método permanente de poder, el país entero queda secuestrado por grupos que ya no buscan soluciones, sino imponer su voluntad a cualquier costo, surge la pregunta de la inviabilidad. Las mafias que protagonizan este estado de cosas no admiten ningún límite, ningún desgaste, ninguna evidencia de fracaso. Entonces brota otra pregunta ¿alguna vez se rendirán?

La historia está llena de procesos políticos que, tarde o temprano, entendieron que no podían seguir arrastrando a sus pueblos hacia el abismo. La Unión Soviética, símbolo del socialismo mundial, terminó reconociendo el agotamiento de su modelo. China cambió su rumbo económico porque entendió que la pobreza eterna no podía ser una bandera revolucionaria. Vietnam, después de décadas de guerra y sacrificio, abrió su economía. Europa del Este derribó muros y abandonó sistemas que ya no daban respuestas.

Hasta países atrapados en conflictos interminables han terminado aceptando cambios, negociaciones o aperturas. Porque llega un momento en que la realidad pesa más que la ideología.

Pero en Bolivia existe un núcleo político y social que nunca se rinde. No importa el daño económico, la caída institucional o el sufrimiento cotidiano de la gente. Siempre hay una nueva justificación para bloquear, confrontar y destruir. Siempre hay un enemigo imaginario al cual culpar. Y mientras tanto, el país se hunde lentamente en la precariedad, el agotamiento y la desconfianza.

No se trata de un tema étnico, regional ni cultural. El problema es una cultura política que convirtió el conflicto permanente en una forma de supervivencia y poder.

Los que hoy buscan excusas para derrocar al gobierno tuvieron el control casi absoluto del Estado. Tuvieron recursos extraordinarios, altos precios internacionales y respaldo político. Sin embargo, el resultado es un país más dividido, más dependiente y más frágil. Y aun así, no existe autocrítica. Todo fracaso siempre es culpa de otros.

Eso es lo que desespera a muchos bolivianos: la sensación de estar frente a grupos que jamás reconocerán errores, aunque el país entero pague las consecuencias.

Bolivia tiene recursos, talento, capacidad y gente extraordinaria. Lo que parece inviable es seguir atrapados en una lógica donde cualquier intento de modernización, institucionalidad o productividad termina bloqueado por quienes viven políticamente del caos.

Las naciones sobreviven cuando sus sociedades entienden que ningún proyecto vale más que el futuro del país. Y Bolivia todavía no resuelve ese dilema. Porque mientras unos intentan construir, otros siguen convencidos de que destruir también es gobernar.

Pero en Bolivia existe un núcleo político y social que nunca se rinde. No importa el daño económico, la caída institucional o el sufrimiento cotidiano de la gente. Siempre hay una nueva justificación para bloquear, confrontar y destruir.