Cartuchos de Harina

Muerte a los q’aras

Muerte a los q’aras
Gonzalo Mendieta Romero | Periodista columnista
| 2026-05-31 08:01:00

El diccionario del diablo define así el ultimátum en la diplomacia: “es la última demanda antes de que el que la pronuncia pase a hacer concesiones”. Estos días se podría usar ese concepto para interpretar al presidente cuando afirmó que “el tiempo se acaba”. O a Nilton Condori, con disfraz de jinete del apocalipsis, anunciando la “guerra civil” y la “revolución sangrienta”.

Entretiene analizar arengas de esa naturaleza no por su potencia nominal, sino por la angustia y los problemas de sueño o, a veces, de digestión que delatan. En el presidente es comprensible; en el senador Condori, no tanto. La hipérbole es a menudo una de las caras del miedo.

Los fallidos operativos de desbloqueo por dos fines de semana seguidos tal vez indican que el tiempo se acaba, pero no para dar paso a las uvas de la ira en un estado de excepción. Un Sancho Panza leería aquella advertencia presidencial con malicia para concluir qué es lo que está por acabarse, pero en Bolivia nada es seguro y eso es lo seguro. El único plan que funca, y no siempre, es el que parte de examinar la historia, incluyendo la propia.

Por su lado, don Nilton dio muestras de su vocación revolucionaria al dedicar, justo este mes, unos días para hacer chuño en su pueblo, según su propia declaración. Esa oportunidad productiva se le presentó, además, sin que se emitiera un mandamiento de aprehensión en su contra.

Es evidente que un hombre tan precavido como el senador Nilton llegará cómodamente a la senectud, pero tal vez no sea esa la ruta vocacional para una conflagración civil. Con chuño se preparan delicias, hoy escasas y caras, pero no es el proyectil más idóneo.

En nuestra oratoria política, ya podríamos saberlo, la línea recta no es la forma preferida de conectar dos puntos. Al contrario; aplica bien lo que Néstor Kirchnner les aconsejaba a unos asustados empresarios porteños, que lo visitaban suplicantes: “fíjense en lo que hago, no en lo que digo”. Inicialmente debió tranquilizarlos, pero -tristemente para esos comerciantes- Kirchner no era de los de boca para afuera.

El presidente Paz viene de una tradición que navega bien en la ambigüedad. Pero imagino que sus enemigos igual sacan un promedio entre “el tiempo se acaba” y la entrevista que dio en CNN en español. Allí

mostró cuánto le preocupan las eventuales secuelas de la fuerza. Rodrigo Paz ha elegido, pues, en este conflicto una guerra de desgaste, con sus costos políticos: la fuerza tendría los suyos, imponderables. Entonces, ponerse terminante no cuadra.

En la otra acera, la pirotecnia de don Nilton deviene de dos linajes: el indianista y el de los anzuelos de clics en las redes sociales. La “revolución sangrienta” en los labios de Condori funciona como gancho: le acerca los micrófonos y la atención popular. Un truco conocido para cobrar notoriedad en este torbellino de lo efímero que vivimos.

El indianismo es la otra fuente de la que beben las soflamas de don Nilton. Constantino Lima del MITKA deslumbró a un inteligente Felipe Quispe, al grado que este le siguió la huella: “Lima era el único diputado que hablaba y hasta el extremo de hacerlos temblar a los q’aras”, escribió el Mallku. En 1984, precisamente para espantar a los q’aras, Constantino defendió la muerte a bala del hacendado de Collana Gonzalo Iturralde a manos de su capataz, Oscar Mamani Paco.

Al repasar la historia cauterizamos mejor la zozobra de estas jornadas. El discurso del exabrupto nos es más familiar y no lo tomamos (tan) al pie de la letra. Por ejemplo, García Linera lo aprendió de Felipe Quispe. Álvaro intentaba conjurar así, inconscientemente, sus propios demonios, pero tampoco detonó ni un cohetillo en 2019.

El lenguaje posee poder performativo, claro está, y puede terminar concretándose, pero no sin un contexto social y personal. Por eso De Gaulle decía con socarronería: “dado que un político no suele creer en lo que dice, se asombra cuando le toman la palabra”.

Como tratamiento cardiaco para atravesar estas dolorosas semanas, mejor hacerle caso al finado Kirchner; no a las imágenes, ni siquiera a las palabras: “fíjense en lo que hago”. Pueden practicarlo incluso quienes padecen del estrabismo de Kirchner.

Gonzalo Mendieta Romero | Periodista columnista