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El vínculo intergeneracional paterno-filial

# | Ciro Añez Nuñez | 2026-06-02 07:15:44

Conforme al artículo 80.II de la Constitución Política del Estado (CPE), se respeta el derecho de las madres y los padres a elegir la educación que convenga para sus hijas e hijos, siendo ésta obligatoria hasta el bachillerato (artículo 81.I). En consecuencia, los progenitores tienen el deber de atender, en igualdad de condiciones y mediante el esfuerzo común, el mantenimiento y la responsabilidad del hogar, así como la educación y formación integral de las hijas e hijos mientras sean menores de edad, tal como establece el artículo 64.I de la CPE.

La asistencia familiar es un derecho y una obligación de las familias. Se otorga hasta cumplida la mayoría de edad y podrá extenderse hasta que la o el beneficiario cumpla los veinticinco (25) años, con el fin de procurar su formación técnica o profesional o el aprendizaje de un arte u oficio, siempre que la dedicación a su formación evidencie resultados efectivos. Así lo establece el artículo 109.II de la Ley N.º 603 (Código de las Familias y del Proceso Familiar).

Ahora bien, en la brecha generacional entre padres e hijos adultos, ambos requieren sus propios espacios. No se trata de buenos o malos, sino de aceptar que son individuos diferentes. No son copias el uno del otro, ni seguirán necesariamente los mismos pasos, y ninguno es propiedad del otro. Nuestros hijos no nos pertenecen; solamente vienen a través de nosotros. No son una inversión ni una extensión de los padres, sino vidas independientes a las que se les debe otorgar libertad.

Tanto padres como hijos son seres humanos individuales y, en esencia, manifestaciones de vida autónoma. Esta situación incluso es abordada desde la tanatología y la psicología. Se menciona, por ejemplo, que al acercarse la muerte, el ser humano experimenta una pérdida progresiva de identidad y, al debilitarse la conexión con el cuerpo físico, pierde la capacidad de reconocer etiquetas, relaciones o nombres como «esposo(a)» o «hijo(a)». Surge entonces una visión impersonal —esa mirada fija característica— y la persona comienza a percibir a quienes la rodean simplemente como manifestaciones de vida, sin el vínculo psicológico o emocional que mantenía previamente, dejando atrás la interacción social.

Como padres, debemos comprender esta distinción: los hijos adultos son individuos con su propio destino y propósito. En consecuencia, debemos actuar como guías entusiastas, personas que apoyan y respetan, en lugar de convertirnos en microgestores autoritarios. Quienes intentan vivir a través de las experiencias de sus hijos suelen volverse controladores o posesivos. Intentar imponer la visión de un adulto sobre otro adulto genera fricciones innecesarias. Los hijos no pertenecen a los padres y, una vez alcanzada la madurez, cualquier intento de imponer reglas, ideologías o formas de vida termina provocando conflictos.

El hijo no debe vivir para cumplir los objetivos frustrados de sus padres. Ésa es la trampa del condicionamiento. Adviértase que, con frecuencia, los adultos mayores desarrollan patrones de pensamiento rígidos. Si los hijos adultos permanecen demasiado tiempo en ese entorno, pueden terminar asimilando dichos condicionamientos limitantes en lugar de descubrir su propio potencial y construir su propio camino.

Por ello, es fundamental que asuman su propia responsabilidad, experimenten sus propias caídas y aprendizajes, y desarrollen la inteligencia y la autonomía necesarias para tomar decisiones y buscar ayuda por sí mismos, en lugar de depender ciegamente de sus padres. Al fin y al cabo, el propósito de la crianza es formar seres humanos íntegros, libres y capaces de valerse por sí mismos.

La relación entre un padre y un hijo adulto debe transformarse de una estructura de autoridad jerárquica a una amistad basada en el apoyo, la aceptación, la confianza y el respeto mutuo; una relación entre iguales. No consiste en actuar como jefes dictatoriales, hablando desde una posición de superioridad, arrogancia o desdén. En realidad, la única ventaja que tiene un padre es contar con algunos años más de experiencia en el mundo; es decir, haber llegado antes que sus hijos. Sin embargo, ello no convierte a nadie, de manera automática, en una persona más sabia.

En la etapa adulta, los hijos buscan en sus padres a alguien sensato con quien compartir sus inquietudes; alguien que les extienda la mano y les permita florecer, en lugar de alguien que dé órdenes, no escuche activamente y pretenda imponer su voluntad.

Los padres adultos mayores que se han cultivado personalmente se convierten en guías sensatos porque han adquirido cierto grado de sabiduría y una visión más amplia de la vida. Por su parte, los hijos deberían aspirar a ser personas más inteligentes, equilibradas y alegres que sus padres, y no necesariamente más ricas en bienes materiales.

En ese sentido, no debemos perdernos en los deseos superficiales de la egolatría, en la lógica permanente del «tú contra mí», ni vivir reaccionando constantemente a impulsos pasajeros.

Observemos con sinceridad aquello que realmente nos importa, aquello que constituye nuestra verdadera aspiración: esa fuerza unificadora e inquebrantable que impulsa a explorar todo el potencial humano. No consiste en ser mejores que otros ni en perseguir caprichos superficiales que cambian constantemente, sino en la expansión de la conciencia y en la construcción de una vida plena, resultado de asumir la responsabilidad total sobre nuestro propio bienestar.

De esa manera podremos crear un mundo extraordinario, individualmente diverso pero cohesionado en la acción, siendo parte de una misma realidad. De lo contrario, seguiremos llevando, como sociedad global, una vida compulsiva marcada por el trato brusco, los desprecios, los prejuicios, los conflictos, la egolatría, la violencia y el culto al individualismo egoísta.

Observación de estilo: el texto mezcla argumentos jurídicos, reflexiones psicológicas, tanatología y elementos de desarrollo espiritual. Si está destinado a una tribuna de opinión jurídica o académica, convendría separar con mayor claridad la parte normativa de las reflexiones filosóficas para darle más cohesión argumentativa.

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