Mañana los bloqueos pueden desaparecer. Las carreteras volverán a abrirse, los camiones retomarán su camino, los mercados volverán a abastecerse y las ciudades recuperarán algo de normalidad. Pero sería un error creer que el problema habrá terminado. Los bloqueos se levantarán hoy para volver mañana, dentro de un mes o dentro de un año. Porque el verdadero bloqueo no está en los caminos. El verdadero bloqueo está en la mente de los bolivianos.
La mayoría de la población rechaza los bloqueos porque le impiden desplazarse, trabajar o abastecerse. Los considera una molestia, un perjuicio temporal. Sin embargo, cuando llega el momento de discutir las ideas que los sustentan, gran parte de esa misma sociedad termina defendiendo los principios que alimentan a los bloqueadores. Ahí reside la gran contradicción nacional.
Los bloqueadores no actúan en el vacío. Se sienten respaldados por una cultura política profundamente arraigada desde 1952. Una cultura que glorifica al Estado empresario, desconfía de la iniciativa privada, considera sospechosa la inversión extranjera y cree que la prosperidad puede surgir de decretos, subsidios y controles antes que de la libertad económica y la creación de riqueza.
Muchos bolivianos afirman no ser de izquierda, pero defienden postulados típicamente estatistas. Quieren que el Estado intervenga más, controle más, subsidie más y distribuya más. Rechazan los bloqueos, pero apoyan el modelo ideológico que los hace posibles. Critican a los sindicatos cuando paralizan el país, pero defienden las normas laborales que alimentan el sindicalismo. Cuestionan las consecuencias, pero respaldan las causas.
El verdadero adversario subyace en algo mucho más profundo: una mentalidad colectivista que ha dominado la vida nacional durante décadas y que sigue presente en buena parte de la academia, la dirigencia política, los sindicatos, las organizaciones sociales e incluso en sectores que se consideran moderados o de centroderecha.
Los gobiernos cambiarán, los líderes pasarán y los bloqueos aparecerán y desaparecerán, pero el resultado será el mismo. Se seguirá exigiendo al Estado que otorgue privilegios en lugar de garantizar libertades. Se seguirá buscando protección antes que competencia. Se seguirá confiando en la planificación política antes que en la capacidad creadora de los ciudadanos.
El verdadero enemigo, entonces, no es una persona ni una organización específica. Es una forma de pensar. Es la creencia de que el poder político puede sustituir la iniciativa individual, que el Estado puede generar riqueza por decreto y que la libertad económica es un peligro en lugar de una oportunidad.
Los bloqueos terminarán algún día. El problema es que el bloqueo mental que mantiene paralizado al país desde hace más de siete décadas sigue intacto. Y mientras ese bloqueo no sea removido, Bolivia continuará recorriendo el mismo camino que la ha conducido una y otra vez al mismo destino.
El verdadero adversario subyace en algo mucho más profundo: una mentalidad colectivista que ha dominado la vida nacional durante décadas y que sigue presente en buena parte de la academia, la dirigencia política, los sindicatos, las organizaciones sociales e incluso en sectores que se consideran moderados o de centroderecha.