Es inútil pedirle coherencia a los los socialistas, progres y a quienes se nutren del marxismo. No son capaces de reconocer los hechos ni aceptar que el relato coincida con la realidad. No sucede ni en casos extremos y la historia de Taty Almeida, la célebre madre de Plaza de Mayo, recientemente fallecida en Argentina, lo expresa con claridad. Su hijo Alejandro fue secuestrado y asesinado en 1975 por la Triple A, el aparato parapolicial gestado bajo un gobierno peronista. Y sin embargo, lejos de cuestionar al peronismo como matriz, la señora terminó identificándose con su versión más radicalizada, el kirchnerismo y culpando por el crimen de su hijo a los actores equivocados. Ni el amor de madre, ni la evidencia íntima y personal, alcanzaron para romper el hechizo ideológico. ¿Cómo vamos a esperar que el militante común sea autocrítico? Esta doctrina funciona como un chip cerebral que borra el sentido común. Si ni una tragedia familiar tan terrible los hace reaccionar, es inútil pedirles que reconozcan la verdad o que admitan que el socialismo, al final del día, solo trae contradicción y muerte.