Editorial

Ganó la economía

Cuando la historia juzgue el reciente conflicto que tuvo a Irán como epicentro, no recordará quién lanzó más misiles ni quién destruyó más infraestructura..

Editorial | | 2026-06-17 00:54:54

Cuando la historia juzgue el reciente conflicto que tuvo a Irán como epicentro, no recordará quién lanzó más misiles ni quién destruyó más infraestructura. Recordará el momento en que el precio del barril de petróleo dobló al poder militar más formidable del planeta y lo obligó a sentarse a negociar. Irán no ganó la guerra. Ganó algo mucho más valioso: demostró que la economía global es su mejor escudo.

La lógica del acuerdo de paz entre Estados Unidos e Irán no se entiende estudiando mapas militares. Se entiende mirando los gráficos de los mercados energéticos. Cuando Teherán cerró el Estrecho de Ormuz —esa franja de agua de apenas 33 kilómetros de ancho por la que transita un tercio del petróleo mundial despertó el pánico inflacionario en Washington, en Bruselas, en Tokio. La guerra asimétrica iraní no combate con superioridad de fuego, sino con la amenaza de que el mundo rico no pueda llenar el tanque de gasolina.

Donald Trump terminó firmando un memorando de entendimiento de 60 días para detener las consecuencias económicas de la presión militar. La ironía es brutal y no pasa inadvertida para ningún analista serio: el arquitecto de la presión máxima se convirtió en el negociador urgente que necesitaba estabilizar el precio del petróleo antes de las elecciones legislativas de noviembre.

El verdadero beneficiario es el régimen de los ayatolás, y conviene decirlo sin eufemismos: un régimen que perdió a su líder supremo, cuya infraestructura fue bombardeada durante más de cien días y cuya economía estaba al borde del abismo, acaba de recibir un salvavidas de doce mil millones de dólares en activos descongelados, el levantamiento progresivo de sanciones petroleras y, lo más importante, la preservación intacta de su programa nuclear y su arsenal de misiles balísticos. No es una derrota. Es una resurrección financiada por el adversario.

El régimen teocrático de Irán lleva cuatro décadas demostrando una cualidad que sus enemigos subestiman sistemáticamente: está diseñado para sobrevivir. Ha sobrevivido a la guerra con Irak, al embargo internacional, a las sanciones más severas de la historia moderna y ahora a la decapitación de su liderazgo histórico. Y lo ha logrado no porque sea militarmente invencible, sino porque sabe que su supervivencia está garantizada cada vez que el mundo decide que el costo económico de destruirlo es demasiado alto.

Esta es la trampa estructural que el acuerdo de Ginebra no resuelve, sino que confirma: mientras Irán controle la llave del Estrecho de Ormuz y mantenga la capacidad de paralizar los mercados energéticos globales, ningún poder occidental tendrá voluntad política suficiente para llevar un conflicto hasta sus últimas consecuencias. La economía siempre detendrá la guerra antes de que la guerra detenga al régimen.

Irán no ganó la guerra. Ganó el argumento más poderoso de la geopolítica contemporánea: que en el siglo XXI, el petróleo es más persuasivo que los portaaviones. Y mientras eso siga siendo verdad, los ayatolás seguirán siendo, para incomodidad de Occidente, perfectamente imbatibles.