El Gobierno asegura que la pacificación se está logrando sin costos que lamentar, una afirmación que merece cierto análisis, pues, dadas las circunstancias, el concepto de “costo” resulta bastante relativo y, obviamente, hay quienes ya lo han pagado, y muy caro. Para el Gobierno todavía no se ha producido ningún costo, pues ni siquiera ha empezado a gobernar. Se mantiene aún en modo observador, muy contemplativo, por cierto. Tal vez podamos hablar de costos cuando las actuales autoridades intenten recomponer la economía destruida tras veinte años de deterioro y, de yapa, cincuenta días de un bloqueo criminal que pretende darle el tiro de gracia a la nación. Posiblemente entonces podamos hablar de costos. Sin embargo, eso parece imposible, dado que la administración de Rodrigo Paz ha quedado arrodillada frente a los “vándalos”, con la obligación de pedirles permiso cada vez que quiera hacer algo en favor de los bolivianos, que han quedado con los bolsillos vacíos, los estómagos sin nada y los negocios en quiebra. Además del Gobierno, falta que enfrenten los costos quienes están cavando la tumba del país. Mientras ellos sigan libres, el que paga los platos rotos de siempre seguirá siendo el ciudadano.