Tribuna

El San Juan de mi niñez

El San Juan de mi niñez
Jimmy Ortiz Saucedo | Columnista
| 2026-06-24 07:34:19

Cuánto extraño el San Juan de mi niñez, aquella hermosa festividad cristiana que iluminaba las noches frías de junio en los años iniciales de la segunda mitad del siglo XX. Hoy, cuando los calendarios se acumulan sobre los hombros y los recuerdos comienzan a pesar más que los días por venir, vuelvo la mirada hacia aquel tiempo que parece lejano y, sin embargo, permanece vivo en el corazón.

Cuánto extraño mi barrio de la plazuela del Espino Blanco, hoy llamada Plazuela Colón. Allí transcurrieron algunos de los momentos más felices de mi infancia, rodeado de vecinos entrañables que formaban una gran familia. Vuelven a mi memoria los Abudine, los Parada, los Pitai, los Roca, los Santa Cruz, los Rivero, los Olachea, los Moreno y tantos otros cuyos nombres siguen habitando las calles de mis recuerdos.

En aquellas vísperas de San Juan, todo el barrio participaba. Con el aporte de cada familia levantábamos las fogatas que iluminaban la noche, mientras la banda amenizaba la fiesta y los tradicionales culipis llenaban de alegría el aire helado. Los niños corríamos entre risas y juegos, especialmente la inolvidable pelota quemada, en aquel mundo sencillo y feliz que parecía no tener fin.

Comprendo que los tiempos han cambiado. También entiendo que la multiplicación de fogatas en las ciudades actuales tendría consecuencias ambientales que en aquella pequeña Santa Cruz de entonces eran impensables. El progreso trae nuevas responsabilidades, y eso debe reconocerse. Sin embargo, no puedo evitar extrañar aquella tradición religiosa y cultural que encantaba el alma de los niños y fortalecía los lazos de la comunidad.

Es una pena que gran parte de esa esencia se haya perdido. Para muchos de nosotros, la fiesta ha quedado despojada de algunos de sus símbolos más queridos. Quizás por eso los viejos comenzamos a mirar con ternura hacia el pasado.

Y entonces resuenan en mi memoria las palabras de Raúl Otero Reiche:

“Lo cierto es que la vieja ciudad dejó su mantón de espumilla flotando en el viento como una bandera a media asta. (…) Ciudad enamorada de lo suyo propio con el orgullo de la pobreza; ciudad que dio más hijos a la selva que otras dieron a los mares y que fue madre de pueblos distribuidos en el espacio como las estrellas, se fue sonriéndole al recuerdo de cuatro siglos maravillosos, cada uno de ellos su primer amor.”

Tal vez eso nos ocurre a quienes pertenecemos a aquella generación. Poco a poco también nosotros nos vamos alejando por los caminos del tiempo. Pero mientras permanezca viva la memoria, seguiremos evocando aquellas noches de fuego, amistad y esperanza.

Y seguiremos extrañando, profundamente, el San Juan de nuestra niñez.

Jimmy Ortiz Saucedo | Columnista