Tribuna

No hay viento bueno para quien no sabe adónde va

No hay viento bueno para quien no sabe adónde va
Javier Medrano | Periodista columnista
| 2026-06-24 07:32:58

Quienes aman el viento se denominan anemófilos (sienten anemofilia), mientras que quienes lo odian o le temen de forma extrema son conocidos como anemofóbicos o ancrofóbicos (dícese de una condición llamada anemofobia o ancrofobia). La categorización es fundamental si se quiere entender cómo es que Rodrigo Paz, en menos de siete meses de gestión, pasó de tener los vientos a su favor a terminar en medio de un huracán que arrasó con la eficiencia de su administración gubernamental al encarar de manera errática un escenario de conflictividad social —liderado por un grupo radical y delincuencial— que sumió al país en más de 51 días de bloqueo inhumano.

La población no le pidió muertos ni heridos. Le pidió resolución y autoridad. Le pidió un manejo eficiente del poder que tiene como presidente de Bolivia. Hubo un diálogo improductivo, incluso ingenuo, por parte de las autoridades, que nunca entendieron que al frente tenían grupos mafiosos con los que no existe posibilidad alguna de entablar una mínima conversación, debido a la absoluta ausencia de sentido común.

Los mecanismos constitucionales están vigentes y deben ser implementados por el bien mayor que representan la democracia y los derechos al trabajo y a la libre circulación en todo el territorio nacional. La más mínima puesta en riesgo de estos derechos humanos debe estar sujeta al mayor rigor de la justicia y de las fuerzas del orden para garantizar su protección o su inmediata restitución cuando se encuentren amenazados.

No es posible que todo el aparato gubernamental muestre grietas tan profundas de indecisión, inacción y desconocimiento en el manejo del poder. No solo se trata de llegar al poder —en estricto sensu—, sino de saber administrarlo y ejercerlo. El pueblo boliviano le encargó estabilidad, orden y reconstrucción del país. Le otorgó poder para cumplir ese cometido.

No se puede capitular, entonces, como Gobierno frente a grupos irregulares, frente a dirigentes absolutamente al margen de la ley y frente al permanente instigador de la ilegalidad, como es el nefasto Evo Morales. Es inconcebible hacerlo.

Rodrigo cayó en una temporada ciclónica porque, ante los primeros vientos en contra, no supo tomar con firmeza el timón ni realizar el viraje necesario para resguardar la nave y capear las olas que comenzaban a formarse. Entregó la dirección y se dirigió de frente hacia el huracán. Una vez engullido por esas olas malintencionadas y esos vientos devastadores, dejó el barco en una calamidad absoluta, cuyo riesgo de naufragio resulta profundamente preocupante.

No había tiempo. No había margen de error. No había espacio. No podía fallar. La economía del país ya se encontraba en una crisis severa y los bolivianos estaban dispuestos a acompañar los ajustes necesarios. Había viento favorable. Pero el problema es que, cuando no se tiene una ruta de navegación, por más corrientes a favor que existan, el extravío siempre terminará poniendo en riesgo a toda la nave y a su tripulación.

Antes incluso de que los satélites fueran empleados para la predicción y el seguimiento de los huracanes, y de que se crearan los increíbles aviones cazahuracanes, estos fenómenos naturales colocaban muchas veces a los responsables de la administración pública en situaciones extremadamente difíciles, debido a la imposibilidad de predecir la magnitud de esos vientos adversos.

Por lo tanto, la tecnología es, sin duda alguna, el mejor aliado de los gobernantes de los países que son azotados por vientos destructivos.

En nuestro caso, la percepción generalizada es que no se hizo caso ni siquiera a los datos duros que hoy ofrecen estas tecnologías para anticiparse a crisis sociales y económicas y evitar vientos recios que pongan en vilo a todo un país. Hubo inacción. Desde Plaza Murillo vieron crecer al monstruo, pero además lo alimentaron, lo cobijaron y pensaron que así lo dominarían. Craso error. Porque alimentar al cocodrilo no lo convierte en tu amigo.

También es cierto que, con la certeza que proporciona la información meteorológica, tanto los gobiernos como los desestabilizadores convierten los fenómenos naturales en instrumentos de propaganda y clientelismo político.

Ahora estamos sin techo, sin paredes, sin calles, sin puentes, sin carreteras y sin un peso en el bolsillo. Se terminó destruyendo lo poco que había. Y nuevamente a los formales nos toca producir, pagar impuestos, ponernos el país sobre los hombros y remar. Porque los gremialistas, los comerciantes, los contrabandistas, los cooperativistas mineros y los narcos cocaleros jamás pagaron un centavo para la reconstrucción de Bolivia. Todo lo contrario: son los vientos envenenados que siguen perforando una nave ya endeble que, de milagro, aún no termina de hundirse.

Javier Medrano | Periodista columnista