"Yo te desposaré para siempre; te desposaré en la justicia y el derecho, en el amor y la misericordia; te desposaré en la fidelidad, y tú conocerás al Señor". (Oseas 2, 21-22)
Aunque estamos en medio de un Estado de Excepción, con todas las conocidas circunstancias y molestias que lo preceden y lo justifican, de alguna manera esto pone de relieve que Bolivia es un Estado Excepcional.
¿Qué otro pueblo sería capaz de soportar, con relativa paciencia, más de cincuenta días con las principales carreteras bloqueadas, en un intento absurdo y frustrado de subvertir el orden constitucional y democrático, con más de tres mil millones de dólares en pérdidas económicas, para luego simplemente seguir adelante, anotando un capítulo más en su caminar y anhelando siempre un futuro mejor y más digno?
Da mucha pena ver cómo la gente humilde, es decir, el campesinado y la clase obrera, ha sido manipulada por las ambiciones de alguien que confunde su propia psicosis por el poder con una ilusoria utopía. Es lo que sucede cuando hay demasiada coca en la boca y maleza en la cabeza, cuando hay insuficiente inteligencia espiritual y falta una auténtica comunión con las bases.
"Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe". (1 Cor 13, 1). No se construye el futuro desde el resentimiento, sino desde el amor.
A mí, como misionero extranjero en Bolivia, a veces me cuesta mucho dejar de lado mis frustraciones por lo que me parecen las locuras y la ineficiencia de los procesos de cambio y, por supuesto, por ciertas injusticias que he sufrido, aunque las mías son poca cosa frente a lo que han padecido muchos bolivianos y esta querida nación.
¡Pero miren a nuestra población extraordinaria!
Primero, está el simple hecho de haber construido una nación tan pluricultural, integrada por los pueblos del altiplano, los valles y el oriente, junto con migrantes y mestizos. Jesús reunió entre sus doce apóstoles a Simón el Zelote, perteneciente a un movimiento de resistencia armada, y a Leví (Mateo), cobrador de impuestos para los romanos. Al asistir a las bodas de Caná, estos tipazos acabaron rápidamente con el vino; por algo Jesús apodó a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, los "Hijos del Trueno". Me imagino que, después de unas cuantas copas, elevaban el volumen de sus voces mientras contaban chistes. Así también Dios ha formado al pueblo boliviano con una diversidad no solo cultural, sino también de sentimientos humanos intensos respecto de la vida, la política y el mismo Dios. Somos hijos del trueno y, al mismo tiempo, hijos de Dios, con una profunda espiritualidad y enormes ganas de vivir, luchar, superarnos y celebrar la vida.
Segundo, he experimentado la excepcional hospitalidad de los bolivianos, tanto en el oriente como en las demás regiones del país. En mi caso, esa acogida se debe a mi condición de sacerdote, pastor y ahora obispo. Debería ser yo quien promueva la fe en Dios; sin embargo, con frecuencia han sido los fieles quienes me han animado y enseñado a confiar en la divina providencia, convirtiéndose ellos mismos en instrumentos de ella.
Miren nuestra sincera devoción y profundo amor por la Santísima Virgen María, expresados en los diversos santuarios, fiestas y celebraciones. Ella acompaña a este pueblo, obra milagros en medio de él, y este pueblo pluricultural la ama intensamente.
Cuando Dios se sintió decepcionado de su propio pueblo, siglos antes de Cristo, expresó sus sentimientos por medio del profeta Oseas. Algunos de sus mensajes fueron muy duros, pero también, comparando a Israel con una esposa amada, proclamó: "Yo la seduciré, la llevaré al desierto y le hablaré al corazón". (Os 2, 16).
A pesar de nuestro actual Estado de Excepción, es precisamente eso lo que Dios quiere hacer ahora con este queridísimo Estado Excepcional.
Dios te bendiga.