Editorial

La riqueza como valor

Hace unos días hablábamos del fracaso de la lucha contra la pobreza; hoy nos enfocamos en la riqueza, porque existe una tendencia profundamente arraigada en América Latina...

Editorial | | 2026-06-29 00:08:00

Hace unos días hablábamos del fracaso de la lucha contra la pobreza; hoy nos enfocamos en la riqueza, porque existe una tendencia profundamente arraigada en América Latina de odiar a los ricos, desconfiar de ellos y embarrarlos con múltiples sospechas.

Hay que aclarar que defender a los ricos no es un acto de sumisión ni ser un "desclasado", término que se usa frecuentemente en Bolivia cuando alguien comete la indiscreción de ser autocrítico o políticamente incorrecto.

Lo cierto es que quienes más deberían valorar la creación de riqueza no son los ricos, sino precisamente los pobres. Porque la riqueza no es un botín que se reparte, sino un proceso que se genera.

El rico ya posee patrimonio. Quien más necesita que existan empresas fuertes, inversiones permanentes y personas dispuestas a arriesgar su capital es quien aún no ha salido de la pobreza. Cada nueva empresa representa empleos, salarios, proveedores, comercio e innovación. Cuando una empresa crece arrastra consigo a cientos o miles de personas que encuentran en ella una fuente de ingresos.

Esta realidad es ignorada por quienes presentan la acumulación de riqueza como codicia. Confunden el patrimonio con el dinero inmóvil. En realidad, la mayor parte de las grandes fortunas está invertida en fábricas, tecnología, infraestructura e investigación. El empresario no puede simplemente "detenerse": dejar de invertir significa perder mercado, reducir productividad y destruir empleos.

Defender a los empresarios exitosos no significa justificar privilegios, monopolios ni corrupción. Todo lo contrario: el verdadero capitalismo exige reglas claras, competencia y respeto a la propiedad privada. Un empresario que se enriquece gracias a favores políticos no es un ejemplo del libre mercado, sino de su corrupción.

Tanto el marxismo como el capitalismo coinciden en un objetivo: generar riqueza. La diferencia está en el método. Mientras el capitalismo apuesta por la iniciativa privada y la libertad económica, el marxismo confía en la planificación estatal. La experiencia histórica ha mostrado resultados muy distintos.

Valorar la riqueza no significa idolatrar el dinero, sino comprender que sin acumulación de capital no existen nuevas empresas, sin empresas no hay empleos y sin empleos es imposible reducir la pobreza de manera sostenible. Significa reconocer que una sociedad necesita personas capaces de invertir, innovar y asumir riesgos para que el conjunto avance.

El gran error del discurso político latinoamericano ha sido enseñar a los pobres a desconfiar de quienes producen riqueza, en lugar de enseñarles a convertirse ellos mismos en creadores de riqueza. Se ha promovido una cultura de confrontación entre clases cuando el verdadero desafío es ampliar las oportunidades para que más ciudadanos puedan emprender, invertir y prosperar.

La pobreza no desaparece persiguiendo a los ricos; desaparece multiplicando las condiciones para que existan más personas capaces de generar riqueza. Esa es la diferencia entre repartir la escasez y construir la prosperidad.

El gran error del discurso político latinoamericano ha sido enseñar a los pobres a desconfiar de quienes producen riqueza, en lugar de enseñarles a convertirse ellos mismos en creadores de riqueza.