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El carbono ya no es discurso… es dinero

El carbono ya no es discurso… es dinero
Alberto De Oliva Maya | Columnista
| 2026-06-29 00:06:00

¿Qué significa medir la huella de carbono y entrar en la era del tren verde, de la que tanto hablan los entes financiadores como la CAF cuando abordan el tema de la integración ferroviaria entre el occidente y el oriente del país como proyecto estratégico del Estado?

Durante años, en Bolivia confundimos el "medio ambiente" con el romanticismo de las ONG, discursos para foros internacionales y fotografías de arbolitos felices, mientras el país seguía funcionando a diésel, improvisación y burocracia.

Pero el mundo cambió. Y cambió rápido. Hoy, las grandes economías ya no preguntan solamente cuánto produce una empresa, sino cuánto contamina para producirlo. Ya no basta mover carga: ahora hay que demostrar cómo se mueve, cuánto CO₂ se emite y qué se está haciendo para reducirlo.

Y aquí es donde Bolivia tiene una oportunidad gigantesca... que todavía no entiende en toda su dimensión. Porque, mientras muchos siguen peleando ideológicamente contra el desarrollo, el sector ferroviario boliviano podría convertirse en uno de los activos ambientales más importantes del país si hace algo simple, pero revolucionario: medir técnicamente su huella de carbono.

No inventarla. No maquillarla. No convertirla en propaganda estatal. Medirla seriamente.

Entendamos que el ferrocarril no solo mueve carga... también puede mover financiamiento internacional, reputación corporativa y acceso a capital verde. Y aquí viene la parte interesante.

Está establecido que el transporte ferroviario es entre cuatro y seis veces más eficiente en emisiones por tonelada-kilómetro que el transporte carretero. Traducido al castellano simple: mientras miles de camiones destruyen carreteras, congestionan ciudades y consumen diésel como si no hubiera mañana, el tren ya posee —sin haber monetizado aún esa ventaja— un enorme valor ambiental.

Pero esa ventaja invisible no genera valor real mientras permanezca en el terreno de las buenas intenciones. Hoy, el mundo financiero no premia discursos; premia resultados medibles. Exige indicadores, auditorías independientes, estándares internacionales, certificaciones y métricas capaces de demostrar eficiencia, sostenibilidad y capacidad de gestión.

Es precisamente esa comprensión de la realidad empresarial moderna la que distingue a quienes actualmente lideran las dos empresas ferroviarias más estratégicas del país. Su visión apunta a consolidar organizaciones competitivas, transparentes y preparadas para desenvolverse en un entorno global cada vez más exigente, tal como lo manifestó el presidente de ambos directorios al plantear una administración alineada con las mejores prácticas internacionales y con los desafíos del transporte ferroviario del siglo XXI.

La hoja de ruta que él plantea contempla tres fases progresivas para que Ferroviaria Andina y Ferroviaria Oriental construyan un inventario real de emisiones bajo los estándares internacionales ISO 14064-1, ISO 14064-3 e ISO 14068-1.

Primero, medir; luego, validar; y, finalmente, certificar. Porque así de simple funciona el mundo serio, donde un sistema de gestión de emisiones abre la puerta a créditos verdes, préstamos vinculados a la sostenibilidad, bonos verdes y financiamiento multilateral de la CAF, el BID y el Banco Mundial, lo que representaría un gran beneficio para el país, para el Gobierno y para su tan ansiado proyecto de integración ferroviaria.

No con conferencias llenas de activistas tomando café importado mientras hablan de salvar el planeta usando aire acondicionado a 18 grados.

Bolivia tiene una ventaja ferroviaria histórica que nunca supo aprovechar. Y ahora aparece una oportunidad distinta: convertir esa infraestructura en una plataforma logística ambientalmente competitiva para Sudamérica.

Pero, para eso, se necesita algo que suele escasear en nuestra política: visión.

Porque medir la huella de carbono no es solamente contar emisiones. Es demostrar eficiencia. Es transparentar procesos. Es ordenar operaciones. Es detectar fugas, desperdicios y sobrecostos. Es generar credibilidad internacional y, sobre todo, es dejar de improvisar.

Eso, en términos simples, significa que el ferrocarril boliviano podría posicionarse como uno de los modos logísticos más sostenibles de la región. Y no por un relato ideológico, sino por datos.

Porque, al final del día, el carbono se convirtió en el nuevo lenguaje financiero del planeta, y quien no aprenda a hablarlo quedará mirando desde la estación cómo el desarrollo pasa de largo.

Alberto De Oliva Maya | Columnista