Nuestros neocomunistas locales, en Bolivia y otros países del sur, que todavía creen en el Estado panacea y en la socialización de los medios de producción, deberían tomar buena nota del megapaquete de reformas económicas que está procesando la isla de Cuba, tendiente a reintroducir las relaciones capitalistas, la libre iniciativa privada y los intercambios de mercado.
El caso cubano es el enésimo desmentido de la tesis leninista que dio vida al mayor experimento social del siglo XX, con extensiones subsistentes en el primer cuarto de nuestra centuria; aquella que afirmaba que un “Estado proletario” podía asumir y llevar a cabo las tareas modernizadoras de la burguesía. En la vieja Unión Soviética, los planes quinquenales de Stalin lograron imitar a sangre y fuego el gigantismo industrial de los países occidentales, pero nunca las sutilezas y complejidades de las cadenas de intercambio voluntario que son el verdadero secreto de la vitalidad en una economía libre.
Así las cosas, el comunismo ha sido el camino más largo para llegar al capitalismo, como decía un chiste de Europa oriental. Ahora, en Cuba, que por décadas ha desestabilizado la región mediante las guerrillas, apoyando dictaduras militares de izquierda (Velasco, Torrijos, Torres) o dando el pretexto para las dictaduras de derecha, y más recientemente con su respaldo y “teledirección” a narco-regímenes, llega la hora de la verdad. La hora de admitir que todo el experimento fue un fracaso, productor de violencia y miseria.
Como China bajo Deng Xiaoping, la isla se plantea reformas de mercado, sin tocar el aparato de partido único con el que la élite gobernante controla la vida de todos los cubanos. Esa camarilla intentará, además, que la apertura económica quede lo más circunscrita posible a los amigos del poder, en particular a las altas esferas militares, y corresponderá a los negociadores estadounidenses la tarea de presionar por un marco realmente competitivo, donde los cubanos de a pie tengan chance frente al ventajismo de la “nomenklatura”.
Está claro que el modelo para los jerarcas del Partido Comunista de Cuba (PCC) será la oligarquía rusa, que logró transmutarse del sistema socialista al “capitalismo de amigos” que hoy rodea a Vladimir Putin.
La presión internacional también debería condicionar la cooperación con la reforma económica a una apertura cultural y política, incluyendo la liberación de los artistas disidentes que pueblan las cárceles cubanas, la eliminación del draconiano marco normativo que ahoga o censura a las actividades culturales, y la posibilidad de elegir a diputados independientes en la Asamblea, como primer paso hacia una transformación más amplia.