Tribuna

Cuando el fuego de la estupidez no puede ser contenido

Cuando el fuego de la estupidez no puede ser contenido
Javier Medrano | Periodista columnista
| 2026-07-01 00:13:43

Los políticos —siempre o casi siempre— usan su poder coyuntural de persuasión para justificar sus actos y ambiciones. De alguna u otra manera tuercen los contextos y venden narrativas infladas. De ahí la suprema importancia de ubicar a la historia en su debido lugar por su importancia y, sobre todo, por su memoria. Y si, además, recuperamos los hechos sucedidos con anterioridad con su debida precisión, habría una doble ganancia para la sociedad, para la cultura y, por supuesto, para la clase política.

La historia es un arsenal imperecedero de relatos y hechos que nos enseña cómo resolvieron los seres humanos sus impases más complejos y críticos como humanidad, y nos revelan señales de cómo deberíamos evitarlos o enfrentarlos.

Pero no lo hacemos.

De hecho, somos porfiados y repetimos los errores y los descalabros uno detrás de otro. Como una rueda cuadrada a la que insistimos en hacer girar, cuando todo indica que, por sus puntas, dicha faena es baladí.

La guerra de Ucrania y las posteriores guerras que siguieron al 7 de octubre en Oriente Medio marcaron el final de un período excepcional de paz: más de 80 años arrojados por la borda por culpa de un conflicto bélico torpe, con moho imperialista y con una nostalgia tan absurda que ahora su costo en vidas humanas y costos económicos son brutalmente gigantescos. No se ganó nada. Pero sí se perdió todo. Y aun así, la porfía es monumental.

La invasión de Ucrania no fue una nueva forma de ejercer y expandir el poder. De ninguna manera. Su ferocidad miope representa un intento burdo de reconstruir dinastías enterradas en el pasado —conductas de aquellos señores de la guerra, reyes y dictadores que consideraban rutinario liderar campañas bélicas solo por egos y orgullos embotados—. El desorden habitual se ha reanudado, pero bajo un nuevo reino cuya velocidad cinética e interconexión es inexorable.

Antes, si se quiere, eran conflictos ajedrecistas. Verdaderos torneos entre dos naciones o dos coaliciones. Hoy son videojuegos multijugador; ahora son olimpiadas de poder en las que muchos jugadores son contendientes al mismo tiempo: desde pequeños y medianos que compiten aguerridamente, sin ningún temor, por el poder, junto a las ya caídas en desgracia y mal llamadas potencias. Irán le plantó cara al poderío militar norteamericano más grande del mundo y a las fuerzas israelíes combinadas. Zelenski ya lleva más de cuatro años golpeando y contraatacando. Y sigue atrincherado. Ya no hay imperios. Hay miniimperios. Pequeños jugadores que, como puercoespines, punzan y provocan grandes sangrías.

Estamos caminando por el museo de las ideas desastrosas que antes y ahora se cree que pueden ser cambiadas o mejoradas. Una vez más, las antiguas calumnias circulan por diversas sociedades bajo la imbecilidad de que se puede conseguir un resultado diferente.

Alemania —de nuevo— se rearma para hacer frente a la amenaza rusa. Japón se rearma para disuadir a China. Taiwán está en alerta. La guerra asola una vez más a Europa y Oriente Medio. No se aprendió nada de la historia y las amenazas de expansión territorial acechan al mundo.

Cuando uno se detiene a reflexionar sobre estas tendencias que rayan en la estulticia, resultan desconcertantes. Intentar retomar ideas desacreditadas y francamente trasnochadas del pasado es insultante. Han pasado menos de 85 años y de nuevo los tambores resuenan en el horizonte. ¿Revivir tanta miseria humana, a sabiendas de que la pérdida será inexorable? ¿Y hacerlo a tan poco tiempo de que esas nefastas ideas asolaron el mundo? ¿Qué está pasando?

Las democracias están en su peor momento, como lo estuvieron en el pasado, y no es casualidad que el autoritarismo vuelva a resultar atractivo en un momento en que confluyen dos fenómenos: las democracias liberales que luchan por satisfacer las necesidades de una parte importante de su ciudadanía, y las nuevas generaciones que recién alcanzaron la mayoría de edad y que, sin ningún recuerdo de los horrores totalitarios del siglo XX, defienden y exigen gobiernos autocráticos. Para ellos es cool. Como lo fueron las camisas pardas, como lo fue la fracasada revolución cubana, como lo fue el comunismo junto a sus asesinos seriales en masa.

El fascismo y el comunismo ya no son símbolos de atrocidad, sino alternativas dinámicas a un presente anquilosado. Frustrados, muchos se sienten atraídos por los supuestos beneficios teóricos del autoritarismo, sin la experiencia ni la formación necesarias para comprender sus defectos reales e inevitables. No comprenden la relación entre sus ideologías modernas y transgresoras y los océanos de sangre que el fascismo y el comunismo derramaron por todo el mundo.

Vivimos en un contexto ahistórico donde la violencia política parece justificada y hasta, quizás, atrevida y romántica. Hoy el fuego de la estupidez no tiene freno.

Javier Medrano | Periodista columnista