Editorial

Vozinha y Evo Morales

Durante más de 30 años, el relato del campesino humilde enfrentado al imperio le funcionó a Evo Morales como un blindaje casi perfecto. El discurso era simple y efectivo...

Editorial | | 2026-07-07 00:10:00

Durante más de 30 años, el relato del campesino humilde enfrentado al imperio le funcionó a Evo Morales como un blindaje casi perfecto. El discurso era simple y efectivo: un productor de coca del Chapare, hijo de la pobreza rural, desafiando a las élites globales. Ese relato activaba exactamente los dos ingredientes del fenómeno que ha cobrado notoriedad últimamente a propósito de lo ocurrido con la selección de Cabo Verde en el Mundial 2026.

El fenómeno es conocido como el “Underdog” (el perro que está abajo en una pelea) y se refiere a la simpatía que genera alguien que muestra una desventaja externa real (el origen humilde) y una aparente pasión inquebrantable por su gente. Bajo ese paraguas, buena parte de la opinión pública —dentro y fuera de Bolivia— toleró y omitió los vínculos del entorno cocalero con el narcotráfico. El “pobrecito indígena” generaba tanta simpatía que resultaba casi indecente cuestionarlo.

Los 53 días de bloqueos de mayo y junio parecen haber roto ese hechizo. Y la razón es la misma que explica por qué el mundo entero aplaudió a Cabo Verde en el Mundial 2026 y por qué Vozinha se volvió un símbolo: el underdog auténtico no inflige daño a los demás para imponer su voluntad, lucha con lo poco que tiene contra un rival más fuerte.

Los bloqueadores hicieron justo lo contrario. Cercaron la sede de gobierno, cortaron el paso de alimentos, combustible e insumos médicos durante casi dos meses, y las cifras hablan de más de una decena de muertos por falta de atención oportuna y pérdidas económicas por miles de millones de dólares.

Ahí se invirtieron los papeles del cuento: quien bloquea una carretera y le corta el oxígeno a un hospital deja de ser el débil que se defiende y se convierte, a ojos de la gente que hace fila para comprar un pollo o busca una ambulancia que no llega, en el nuevo "top dog" (perro de arriba): el que tiene el poder de castigar al resto sin que nadie los haya elegido para eso.

Las encuestas que hoy muestran un respaldo mayoritario a que se aplique la ley, a que los dirigentes respondan ante la justicia y a que se mantenga el estado de excepción, confirman ese giro: la empatía se trasladó del bloqueador a la ciudadanía bloqueada.

Ahí está la oportunidad y también la trampa para Rodrigo Paz. Puede capitalizar este cambio de percepción, pero solo si logra encarnar él mismo el papel de defensor del pueblo llano frente a los dirigentes, no el de un poder que simplemente castiga desde arriba. Su discurso reciente —pedir que la justicia "haga sufrir a los culpables lo que han hecho sufrir al pueblo boliviano"— busca exactamente eso: colocarse del lado de la señora que no pudo comprar huevos o del enfermo sin oxígeno, y no del lado de los que otrora hablaban en nombre de "los de abajo".

No basta con señalar al culpable; el desafío radica en colocarse del lado de la nueva víctima colectiva, encarnando la defensa del mérito, la legalidad y el trabajo frente a la extorsión asfáltica. Bolivia ha despertado de la hipnosis del falso desvalido; ahora exige orden, justicia y un liderazgo que defienda al verdadero soberano.

Las encuestas que hoy muestran un respaldo mayoritario a que se aplique la ley, a que los dirigentes respondan ante la justicia y a que se mantenga el estado de excepción, confirman ese giro: la empatía se trasladó del bloqueador a la ciudadanía bloqueada.