Bolivia atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia económica. El agotamiento del gas nos ha colocado frente a una realidad que durante años preferimos ignorar. Sin energía suficiente e importando diésel, gasolina e incluso gas para abastecer el mercado interno, el país se aproxima peligrosamente a una situación de inviabilidad económica.
Sin embargo, el problema no comenzó con el agotamiento del gas. Ese es apenas el desenlace. La verdadera tragedia es mucho más profunda: Bolivia no es pobre porque le falten recursos naturales, sino porque ha administrado mal cada uno de sus ciclos de riqueza.
La historia económica del país parece condenada a repetirse. Cambian los recursos naturales, las élites que controlan el Estado y los discursos políticos. Lo único que permanece inalterable es el resultado: cada ciclo de abundancia termina dejando al país prácticamente en el mismo lugar.
Con frecuencia se afirma que Bolivia es víctima de la llamada "maldición de los recursos naturales". No comparto plenamente esa tesis. El problema no han sido los recursos, sino quienes los administraron. Más que la maldición de las materias primas, Bolivia ha padecido la maldición de sus élites.
La primera gran experiencia fue la plata y, posteriormente, el estaño durante el ciclo oligárquico minero-feudal (1825-1952). Ese auge generó fortunas extraordinarias concentradas en manos de los llamados "Barones de la Plata" y luego de los "Barones del Estaño". Mientras el país exportaba riqueza, la mayor parte de la población permanecía en la pobreza. Simón I. Patiño llegó a figurar entre los diez hombres más ricos del mundo, pero esa fortuna apenas se reinvirtió en Bolivia.
La Revolución Nacional de 1952 modificó esa estructura. La nacionalización de las minas trasladó el control del excedente económico al Estado y parecía inaugurar una nueva etapa. Sin embargo, cambiaron los administradores, pero no la lógica del poder. El excedente dejó de enriquecer a la oligarquía minera para alimentar a una nueva élite política.
Durante el ciclo del capitalismo de Estado (1952-1985), la riqueza del estaño tampoco transformó la estructura productiva. Por el contrario, financió burocracias, clientelismo, corrupción y despilfarro. En lugar de impulsar el desarrollo, dio origen a una nueva casta de privilegiados: los llamados "nuevos ricos rosados".
Cuando el precio internacional del estaño colapsó, Bolivia perdió su principal fuente de divisas y enfrentó una de las peores crisis de su historia. A finales de 1984, los ingresos por la venta de estaño ya no alcanzaban para cubrir siquiera un tercio de la planilla salarial de COMIBOL.
Entonces apareció el gas. Los descubrimientos realizados durante el ciclo neoliberal y la posterior nacionalización de los hidrocarburos al inicio del gobierno del MAS permitieron construir un modelo económico basado en la renta gasífera. Ningún gobierno había administrado antes un excedente económico de semejante magnitud.
Lamentablemente, la historia volvió a repetirse. Los ingresos del gas no se utilizaron para diversificar la economía, industrializar el país ni crear nuevas fuentes sostenibles de riqueza. Terminaron financiando un Estado sobredimensionado, prácticas clientelares y una nueva élite política: los llamados "nuevos ricos azules".
Hoy no solo se agotó el gas; también se agotó el modelo económico construido en torno a él. Durante dos décadas se actuó como si esa riqueza fuera inagotable. Se consumió el excedente, pero no se crearon las condiciones para reemplazarlo.
Paradójicamente, cuando el país enfrenta una nueva crisis, surgen otra vez grandes oportunidades. El litio y los minerales críticos, cuya demanda mundial crece por la transición energética y las nuevas tecnologías, podrían convertirse en una fuente estratégica de riqueza.
Pero la pregunta ya no es cuánto litio posee Bolivia, sino si será capaz, por primera vez en su historia, de administrar esa riqueza con visión de futuro.
Bolivia vuelve a estar frente a una oportunidad histórica. El litio puede inaugurar un nuevo ciclo de prosperidad o una nueva frustración nacional. Todo dependerá de una decisión política: repetir la historia o aprender de ella.
Durante dos siglos hemos administrado la riqueza como si fuera infinita y la pobreza como si fuera inevitable. Si el próximo ciclo de recursos naturales vuelve a enriquecer únicamente a las élites políticas, Bolivia dejará de ser simplemente un país pobre o subdesarrollado para convertirse, definitivamente, en un país inviable.
*El autor es profesor de la Carrera de Ciencia Política de la UMSS.