El Mundial 2026 dejará estadísticas de goles y también otra cifra incómoda: la de los insultos racistas dirigidos a jugadores, entrenadores y aficionados. Desde comentarios de políticos hasta oleadas de acoso digital, el torneo ha vuelto a mostrar que el fútbol no es una isla protegida de los prejuicios que atraviesan a sus sociedades, sino un espejo amplificado de ellos.
¿Es esto simple intolerancia individual o algo más? La evidencia sugiere que ambas cosas conviven, pero que la segunda explica por qué la primera parece intensificarse. El fútbol no genera racismo: lo absorbe del clima político que lo rodea.
Aquí conviene distinguir dos cosas que a menudo se mezclan deliberadamente: cuestionar cómo se gestionan la migración y la integración es un debate legítimo y necesario; presentar a comunidades enteras como culturalmente inferiores o incapaces de convivir es otra cosa, y es la que alimenta el racismo que hoy se ve en los estadios. Ninguna frustración social, por real que sea, justifica un insulto racista. Comprender de dónde viene esa frustración no equivale a validarla.
Lo ocurrido en este torneo con la selección de Francia es ilustrativo. Las críticas de figuras políticas hacia la composición de Les Bleus —sugiriendo que una plantilla de origen diverso no representa la verdadera identidad nacional— muestran cómo el deporte se instrumentaliza políticamente. Ese discurso no nace de la nada: proviene de una corriente de opinión cada vez más ruidosa en Europa que percibe el modelo multicultural, tal como se ha aplicado en las últimas décadas, no como una vía de enriquecimiento mutuo sino como una fuente de tensión no resuelta.
Durante años, varios gobiernos europeos apostaron por una apertura migratoria sostenida sin acompañarla de mecanismos claros de integración. La promesa era que la diversidad, por sí sola, generaría cohesión. La experiencia de barrios fragmentados, servicios públicos desbordados y episodios de conflicto social ha hecho que un sector amplio de la ciudadanía —no solo la extrema derecha— cuestione esa apuesta. Cuando ese malestar no encuentra cauces políticos serios, busca válvulas de escape, y el estadio es una de ellas.
Un análisis de la FIFA sobre redes sociales durante este torneo detectó un incremento notable de insultos con agravante racista, lo que confirma que el entorno digital actúa como acelerador de una polarización que ya existe en la calle.
Combatir el racismo en el deporte requiere ir más allá de campañas de marketing o sanciones deportivas. El racismo brota en los estadios porque ahí una masa anónima cree tener permiso para verbalizar ansiedades que, en otros espacios, se disfrazan de argumento político. El desafío no es solo castigar al infractor, sino que las sociedades den un debate honesto sobre integración, sin caer ni en el silencio cómodo que ignora las tensiones reales, ni en el discurso que las convierte en excusa para el odio.
El campo de juego refleja nuestras propias fracturas. Negar esas fracturas no las cierra; solo las hace más difíciles de tratar cuando finalmente estallan, dentro o fuera del estadio.
Ese discurso no nace de la nada: proviene de una corriente de opinión cada vez más ruidosa en Europa que percibe el modelo multicultural, tal como se ha aplicado en las últimas décadas, no como una vía de enriquecimiento mutuo sino como una fuente de tensión no resuelta.