La ceguera ideológica es una de las fuerzas más tenaces de la humanidad. No importan los datos ni las tragedias socialistas registradas en la historia: hay quienes prefieren aferrarse a un relato romántico antes que aceptar una realidad evidente. Ante la insistencia de buscar explicaciones esotéricas al desarrollo, surge una pregunta simple y urgente: ¿cuándo van a entender?
El caso de China es el monumento más grande a esta obstinación. Tras un innegable éxito, y después de sacar de la pobreza a 800 millones de personas en tiempo récord, sociólogos, teóricos de izquierda y nostálgicos del estatismo se devanan los sesos intentando atribuir ese despegue a cualquier cosa que no huela a capitalismo. Nos hablan de la disciplina milenaria de su pueblo, de la filosofía de Confucio, de la resiliencia histórica de su cultura y de la supuesta "perfección" de un socialismo planificado a largo plazo.
La narrativa es atractiva, pero omite un detalle demoledor: esa brillante cultura milenaria, ese ingenio y esa disciplina ya existían entre 1949 y 1976. Sin embargo, bajo el puño socialista, las comunas agrícolas y la abolición de la propiedad privada, el resultado fue el colapso económico, la destrucción cultural y hambrunas que costaron decenas de millones de vidas. La cultura no salvó a China de la miseria del dogma colectivista; fue aplastada por él.
El milagro chino no empezó con un rezo a Confucio ni con un manual de Marx. Empezó cuando se inclinaron por el pragmatismo, dejaron atrás los "cuentos chinos" ideológicos y permitieron que las leyes económicas volvieran a operar. Cuando se devolvió la tierra a los campesinos para que trabajaran por su beneficio, se garantizó la propiedad privada, se abrieron zonas francas y se invitó al capital extranjero, la fuerza creadora de millones de personas simplemente explotó.
¿Por qué cuesta tanto aceptar que China se convirtió en potencia gracias a los principios del libre mercado?
La respuesta es que el capitalismo no es una doctrina partidista, ni un club de fútbol al que haya que jurar lealtad: es una tecnología social, una herramienta, un avance civilizatorio basado en los incentivos naturales del ser humano, la libre competencia y el sistema de precios. Funciona en democracias occidentales y, de manera casi milagrosa, incluso bajo la asfixiante estructura de una dictadura de partido único. El libre mercado prospera a pesar del Estado que intenta controlarlo.
Pero reconocer esto es una píldora indigerible para muchos. Para el Partido Comunista Chino, admitir que su éxito se debe a las herramientas del capitalismo occidental significaría firmar el acta de defunción de su legitimidad política. Para la izquierda global, aceptar que la mayor gesta de reducción de la pobreza en la historia ocurrió cuando un régimen colectivista abrazó el mercado es derrumbar el altar de sus utopías. Por eso inventan etiquetas creativas como "socialismo con características chinas". Por eso culpan a la conspiración y al imperialismo de sus propios fracasos, mientras miran de reojo, con envidia, el dinamismo ajeno.
El libre mercado no es
una opción de izquierda o de derecha; es la única avenida probada hacia el
progreso real. Quienes insisten en negarlo no están debatiendo teoría
económica; están, sencillamente, negándose a ver la realidad. ¿Cuándo van a
entender?