Editorial

Por la salud mental de nuestros niños...

Francia acaba de prohibir las redes sociales a menores de 15 años. Es el primer país europeo en hacerlo, pero no es una rareza: es una tendencia mundial...

Editorial | | 2026-07-25 08:51:46

Francia acaba de prohibir las redes sociales a menores de 15 años. Es el primer país europeo en hacerlo, pero no es una rareza: es una tendencia mundial. Australia ya lo hizo con los menores de 16. Reino Unido, Brasil, Canadá, Malasia, Indonesia, Turquía y los Emiratos Árabes Unidos avanzan en la misma dirección. Más de veinte países están tomando la misma decisión al mismo tiempo. Eso no es coincidencia. Es una alarma.

La razón es simple y está probada: las redes sociales no fueron diseñadas para entretener a los niños, fueron diseñadas para retenerlos. Scroll infinito, notificaciones constantes, likes que activan dopamina. Un adolescente de trece años no tiene ninguna posibilidad frente a un algoritmo construido por miles de ingenieros con un solo objetivo: que no suelte el teléfono. El resultado ya está documentado en los informes de salud de Francia y de otros países: más ansiedad, más depresión, más trastornos alimentarios, más ciberacoso, más autolesión. No es una opinión, es un patrón que se repite en cada país que se atreve a medirlo.

Y el fenómeno no se queda en las redes sociales. Las escuelas del mundo están prohibiendo los celulares en las aulas. Cerca del 58% de los sistemas educativos globales ya lo hacen. La razón es la misma: el cerebro tarda casi veinte minutos en recuperar concentración después de una simple notificación. Sin teléfonos, los recreos vuelven a tener juego real, conversación cara a cara y menos acoso escondido en chats. Y esto también alcanza a los adultos: fatiga por sobrecarga de información, sueño alterado, jornadas laborales sin límite. Estamos ante una enfermedad colectiva de hiperconectividad, y recién empezamos a tratarla como tal.

Hay un paralelismo que vale la pena repetir: esto es lo que pasó con el tabaco. Durante décadas se fumaba en cualquier lugar sin conciencia del daño. Cuando la evidencia médica fue abrumadora, llegó la regulación. Con las pantallas y los algoritmos estamos exactamente en ese punto de quiebre.

Bolivia no puede quedarse mirando desde afuera. No se trata de nostalgia ni de satanizar la tecnología. Se trata de reconocer un hecho médico: un niño no puede competir solo contra un algoritmo multimillonario diseñado para atraparlo. Ese no es un problema de crianza individual, es un problema de diseño de producto que exige respuesta de Estado.

Necesitamos avanzar en tres frentes, sin excusas de "todavía es pronto": edad mínima real para redes sociales, restricción de celulares en las aulas, y responsabilidad legal para las plataformas que sigan diseñando productos adictivos para menores. La tecnología de verificación de edad no es perfecta, los adolescentes encontrarán formas de saltarse los filtros, habrá resistencia legal de las grandes tecnológicas. Nada de eso es excusa para no empezar.

La salud mental de la infancia vale más que el tráfico publicitario de las plataformas. Bolivia tiene la oportunidad de sumarse ahora, no diez años después, cuando el daño ya esté hecho y sea imposible de revertir.

El mundo ya decidió proteger a sus niños del algoritmo. Es hora de que Bolivia también ponga límites, antes de que el daño sea irreversible.