Tribuna

El centralismo, pero ordenadito

El centralismo, pero ordenadito
Alberto De Oliva Maya | Columnista
| 2026-08-04 08:14:16

"Lo haremos de manera ordenada." Confieso que la frase del presidente Rodrigo Paz me devolvió la tranquilidad, porque durante la campaña nos aseguró que la distribución de recursos entre el Gobierno Nacional y las regiones sería una prioridad. Hoy descubrimos que aquella prioridad sigue vigente… solo que ahora será "de manera ordenada". Y en Bolivia, cuando un político agrega esa expresión, uno entiende que el calendario deja de ser administrativo para convertirse en político.

El centralismo no nació con este gobierno; tiene la misma edad que la República. Durante doscientos años, Bolivia construyó un Estado donde las regiones generaban riqueza y el poder central decidía cuánto devolverles, cuándo devolverles y, sobre todo, a quién devolverles. Pasaron gobiernos conservadores y liberales, militares y civiles, la revolución del 52, el neoliberalismo, el socialismo del siglo XXI. Cambiaron las banderas y los discursos, pero jamás cambió la facilidad con la que el poder central administró los recursos de todos los bolivianos como si fueran propios.

Sin embargo, la historia demuestra que, cuando existe decisión política, las transformaciones no necesitan una eternidad: necesitan voluntad. En agosto de 1993 asumió la presidencia Gonzalo Sánchez de Lozada, con la descentralización como compromiso de campaña. No esperó la mitad de su mandato ni creó comisiones para estudiar el tema durante años. Menos de un año después, en abril de 1994, promulgó la Ley de Participación Popular, la reforma de descentralización más importante de la historia republicana. Podrán cuestionarse muchas decisiones de aquel gobierno, pero hay un hecho innegable: cuando prometió descentralizar recursos, cumplió.

La diferencia no estuvo en el discurso, sino en el reloj. Las promesas políticas no envejecen con el tiempo; envejecen cuando empiezan a necesitar nuevas explicaciones. Y cuando una prioridad se convierte en un proceso "ordenado", los ciudadanos tienen derecho a preguntarse si sigue siendo una prioridad… o si ya se transformó en una excusa.

Ahí aparece la comparación con el presente. Supongo que ya existe un cronograma cuidadosamente elaborado: primero, garantizar que el Gobierno Nacional conserve recursos suficientes para gobernar con tranquilidad; después, fortalecer a los departamentos donde conviene mantener alta la popularidad; más adelante, carreteras, hospitales y obras que, por extraña coincidencia, aparecerán cuando se acerque el calendario electoral. Luego vendrá el turno de Beni y Pando, para que nadie diga que el Gobierno los abandonó.

¿Y Santa Cruz? Seguramente tendrá que esperar. No porque produzca menos, recaude menos o tenga menos habitantes, sino todo lo contrario: porque produce más, aporta más y reúne el padrón electoral más grande del país. Cualquier estratega sabe que fortalecer económicamente a Santa Cruz antes de una elección nacional equivale a fortalecer a la región que probablemente definirá la elección de 2030.

Los políticos no temen a las regiones pobres; temen a las regiones fuertes. Las dependientes necesitan al poder; las prósperas pueden discutírselo. Por eso llevamos dos siglos escuchando el mismo libreto: "No es el momento", "Hay otras prioridades", "Necesitamos consensos", "Lo haremos de manera ordenada".

Quiero creer que el presidente cumplirá su palabra, porque Bolivia necesita romper con doscientos años de centralismo. Pero cuando las promesas cambian de explicación, suelen cambiar también de destino. Ojalá esta vez sea diferente, porque el centralismo nunca desapareció cambiando de discurso: solo aprendió a reinventarse. Ahora, al parecer, lo hará ordenadamente.

Alberto De Oliva Maya | Columnista