Las comparaciones son
odiosas, pero los hechos hablan. En sus primeros 300 días, el presidente
argentino Javier Milei no la tuvo nada fácil: tenía el congreso en contra,
enfrentó dos paros nacionales masivos, marchas multitudinarias y un clima de
altísima conflictividad. Sin embargo, no usó las huelgas ni las protestas como
pretexto. Al contrario, apretó el acelerador, recortó el Estado, frenó la
inflación y logró superávit a pura decisión política.
Rodrigo Paz está por
cumplir los mismos 300 días y sigue atascado en la insólita excusa de que la
estructura del MAS no lo deja gobernar y que ni siquiera puede despedir a
funcionarios corruptos. Milei demostró que una tormenta política no detiene a
quien tiene convicción. Gobernar no es esperar un escenario ideal, sino abrirse
paso frente a la adversidad. En diez meses se puede encarar el conflicto y
transformar un país, o usar la herencia para justificar la inacción. Paz debe
entender que en 300 días el poder no se lamenta; el poder se ejerce.