El turismo no depende de tener playas paradisíacas, montañas imponentes o un rico patrimonio histórico. Si así fuera, muchos países naturalmente privilegiados liderarían las estadísticas mundiales de visitantes. La realidad demuestra que el turismo responde, sobre todo, a decisiones políticas, estabilidad, inversión y una estrategia sostenida.
Los datos de la OCDE sobre la evolución del turismo entre 2019 y 2025 son contundentes. Arabia Saudita lidera el crecimiento mundial con un aumento del 67% en las llegadas de turistas internacionales. Le siguen Marruecos (+53%), Egipto (+47%), Brasil (+46%), Colombia (+45%) y Chile (+33%). En el otro extremo aparecen Israel, Irlanda, Estados Unidos y Canadá, que todavía reciben menos visitantes que antes de la pandemia.
El éxito de Arabia Saudita no es casual. El país convirtió el turismo en un eje de su estrategia económica para reducir la dependencia del petróleo. Abrió sus fronteras mediante una política de visas más flexible, amplió las conexiones aéreas, invirtió en infraestructura y promovió grandes eventos deportivos, culturales y de entretenimiento. Los turistas no llegan solos, hay que salir a buscarlos.
Marruecos y Egipto siguieron un camino similar, fortaleciendo la seguridad, promocionando sus destinos y mejorando sus servicios. Brasil, Colombia y Chile aprovecharon el auge del ecoturismo, reforzaron la conectividad aérea y proyectaron una imagen más atractiva hacia el mundo.
La otra cara de la moneda también deja enseñanzas. Israel perdió el 71% de sus visitantes debido a la guerra. La inseguridad espanta al turismo con una rapidez que pocas industrias experimentan. También influyen otros factores como los altos costos, la burocracia, las dificultades para obtener visas o una infraestructura insuficiente. Hoy el viajero compara precios, accesibilidad, seguridad y calidad antes de decidir dónde gastar su dinero.
Esta realidad ofrece importantes lecciones para Bolivia. Pocos países poseen una riqueza turística comparable: el Salar de Uyuni, el lago Titicaca, las misiones jesuíticas, el Parque Nacional Madidi, la Amazonía, el Pantanal, la Chiquitania, el Carnaval de Oruro y una enorme diversidad cultural y natural. Sin embargo, el país continúa muy por debajo de su verdadero potencial.
La explicación no está en la falta de atractivos, sino en las condiciones que rodean al visitante. Los bloqueos de carreteras, la conflictividad política recurrente, la escasa conectividad aérea internacional, la limitada promoción en los principales mercados emisores y la insuficiente infraestructura turística terminan pesando más que la belleza de los paisajes. Ninguna campaña publicitaria puede compensar la incertidumbre de un viajero que no sabe si podrá llegar a su destino o regresar sin inconvenientes.
La experiencia del turista comienza mucho antes de aterrizar. Empieza cuando busca información, compra un boleto, compara hoteles o evalúa la seguridad del destino. Si encuentra obstáculos en cualquiera de esas etapas, simplemente elegirá otro país.
El turismo requiere estabilidad, seguridad, infraestructura, conectividad, reglas claras e inversión permanente. Bolivia tiene todo para convertirse en un gran destino internacional; lo que aún le falta es crear las condiciones para que el mundo quiera visitarla.