Hace dos semanas, una fábrica de pinturas
en el Parque Industrial ardió durante más de 17 horas. El fuego, alimentado por
solventes y productos químicos, requirió espuma, equipos especiales y un
trabajo extenuante para ser extinguido. Anoche, nuevamente, el humo se levantó
sobre otro símbolo de Santa Cruz: la Feria de Barrio Lindo. En el "gran
bazar" cruceño, como yo lo llamo, ubicado entre el tercer y cuarto anillo,
se desató el pánico entre comerciantes y vecinos desesperados, quienes llegaron
incluso con baldes para ayudar a mitigar el incendio. Las causas que pudieron
haber provocado el siniestro son un tema digno de reflexión, pero no
constituyen el motivo de este escrito.
Lo que llama poderosamente la atención,
aunque ya no nos sorprende, es que, en ambos siniestros, quienes llegaron
primero, quienes permanecieron hasta el final y quienes finalmente controlaron
el fuego no fueron las instituciones que, como sociedad, deberían cumplir esa
función porque la población paga para ello, sino los bomberos voluntarios.
Como cruceña, siento un inmenso orgullo y
una profunda gratitud por ellos. Pero, como ciudadana, y precisamente en este 6
de agosto, cuando Bolivia conmemora sus 201 años de independencia, también
siento vergüenza. El voluntariado en Santa Cruz es heroico, efectivo y
desinteresado. Lo vemos en cada emergencia, en cada inundación y en cada
incendio forestal que golpea a nuestras ciudades y a nuestra región.
Lamentablemente, ese heroísmo se ha convertido en la coartada perfecta para la
inoperancia del Estado. Nos hemos acostumbrado —gobiernos y ciudadanos por
igual— a que la responsabilidad recaiga sobre hombros privados, sobre personas
que entregan su tiempo, su dinero, su salud y hasta su vida sin recibir un
centavo a cambio.
Y esta realidad no solo es evidente en
los incendios; es un patrón que se ha normalizado peligrosamente. ¿Quiénes
sostienen hoy gran parte del tratamiento de los enfermos crónicos en nuestros
hospitales de tercer nivel? Las fundaciones voluntarias que organizan rifas
para comprar medicamentos. ¿Quiénes atienden a personas con discapacidad, a
niños con cáncer y a adultos mayores con dependencia severa? Damas voluntarias,
colectivos privados e iglesias. El Estado aparece para la fotografía, para el
discurso, pero no para garantizar el derecho de los ciudadanos a la salud, al
bienestar y a una mejor calidad de vida.
Que nuestra sociedad sea generosa y
empática habla muy bien de Santa Cruz; pero que el Estado dependa de esa
generosidad para incumplir sus competencias básicas habla muy mal del propio
Estado.
La Constitución y las leyes de autonomías
son claras: los diferentes niveles de gobierno tienen la obligación de
garantizar la seguridad ciudadana, la gestión de riesgos, la salud y la
protección de las poblaciones vulnerables. Esto no es una colaboración
opcional; es su razón de ser. Para eso se cobran impuestos y se aprueban
presupuestos en cada gestión.
No podemos seguir confundiendo lo loable
con lo normal. Aplaudir a los bomberos voluntarios mientras se les niegan
equipos adecuados, seguro de vida, combustible y cuarteles dignos es
hipocresía. Exigirles que hagan lo que deberían hacer los Bomberos de la
Policía y las unidades gubernamentales de emergencia, con personal contratado,
tecnología eficiente y turnos de 24 horas, es, claramente, una forma de
explotar el altruismo ajeno.
Necesitamos, como sociedad, alzar la voz
de manera permanente sobre estos temas hasta ser escuchados. Agradecer a los
voluntarios no puede ser sinónimo de absolver la inacción de quienes, por ley y
por competencia, son los verdaderos responsables. Tenemos que dejar de decir:
«Menos mal que estaban los voluntarios» y empezar a preguntarnos: «¿Por qué no
estaba el Estado?».
Exijamos al Gobierno nacional un sistema
profesional y permanente de bomberos y de gestión de riesgos, con presupuesto,
infraestructura y equipamiento, no solo con discursos. Exijamos un sistema de
salud que no dependa de la caridad para salvar una vida. La solidaridad privada
debería ser un complemento —muy loable, por cierto—, pero nunca el sustituto de
la responsabilidad pública.
El día en que no necesitemos héroes para
apagar un incendio en la ciudad; en que nuestros hospitales públicos reciban y
atiendan a todos los enfermos sin distinción; y en que nuestras cárceles dejen
de ser un barrio más donde las personas privadas de libertad hacen lo que
quieren, ese día podremos decir que tenemos una ciudad verdaderamente segura.
Mientras tanto, nuestro aplauso a los voluntarios debe ir acompañado de una
interpelación firme y decidida a quienes hoy esconden su ineficiencia detrás
del sacrificio y la buena voluntad de muchos.