En América Latina, y por supuesto en Bolivia, es costumbre muy arraigada inventar ministerios de dudosa utilidad, más para alimentar la burocracia y repartir cargos que para resolver problemas reales. Cada nuevo gobierno parece medir su ambición por la cantidad de carteras que crea, no por los resultados que entrega. Estados Unidos no tiene Ministerio de Deportes, y aun así es el país con más medallas olímpicas de la historia. No tiene Ministerio de Culturas, y sin embargo exporta la industria cultural más poderosa del planeta, desde Hollywood hasta la música y los videojuegos. No tiene un ministerio de trabajo exclusivo, y aun así concentra algunos de los salarios más altos del mundo, con millones de personas soñando con emigrar allí para trabajar. La lección parece clara: no es el número de ministerios lo que produce desarrollo, sino la calidad institucional, la libertad económica y un Estado que deja espacio para que la sociedad y el mercado hagan el resto.