En Guayaramerín mataron a un jaguar a tiros, lo colgaron de una soga y se lo llevaron en moto. Las imágenes indignan, y está bien que indignen. Pero hay que mirar más allá del gatillo. Ese jaguar no llegó solo a una casa donde ocurrió el hecho que ahora todos lamentan. Alguien lo sacó de la selva de cachorro, y para sacarlo de cachorro alguien mató a su madre. Alguien lo tuvo domesticado, con la complicidad silenciosa de vecinos y hasta de ambientalistas que hoy gritan justicia. Nadie preguntó nada. Nadie avisó a las autoridades. Nadie vio nada raro en un pueblo chico donde un tigre caminaba por una casa como si fuera un gato. El biocidio existe para proteger a los animales, y quien disparó tendrá que responder. Pero el verdadero crimen empezó antes: en la selva, con la madre muerta, y siguió en el silencio de todo un barrio. Antes de buscar culpables entre los vecinos que entraron en pánico, busquemos a los que domesticaron y encerraron a un jaguar como mascota.