Editorial |
| 2026-08-12 00:08:00
- La muerte de un jaguar en el norte del Beni ha provocado una legítima indignación. Las imágenes de un animal indefenso sometido a una muerte brutal conmovieron a todos. Se exige justicia, se cuestiona al responsable, se reclama una sanción ejemplar. Todo eso es comprensible. Lo que resulta más difícil de aceptar es que casi nadie se pregunte dónde estaba el Estado cuando ese jaguar todavía estaba vivo.
- El animal no apareció de la nada en una vivienda. Fue separado de su hábitat, criado en cautiverio y convertido en mascota, pese a que existen normas que prohíben exactamente eso. Alguien tuvo que sacarlo de la naturaleza, alguien tuvo que mantenerlo cautivo, alguien tuvo que permitirlo durante mucho tiempo. Y sin embargo, nadie vio nada.
- Ahora que el jaguar está muerto aparecen las condenas, las investigaciones, los discursos sobre protección de la fauna. Pero cuando todavía era posible salvarlo, el Estado estuvo ausente.
- Vivimos en un Estado formalmente presente pero materialmente ausente: tiene leyes, instituciones, burócratas y presupuestos, pero demasiadas veces llega cuando ya no hay nada que proteger. Esa misma historia se repite en casi todos los ámbitos de la vida nacional.
- Tenemos leyes para proteger a los niños, pero un menor puede llegar a un hospital y no encontrar medicamentos. Tenemos un sistema educativo completo —ministerios, maestros, infraestructura, presupuesto—, pero los estudiantes reciben una formación pésima y egresan sin oportunidades. Tenemos normas para proteger bosques y vida silvestre, pero los animales pierden su hábitat progresivamente. Tenemos instituciones creadas para defender los derechos ciudadanos, pero el ciudadano suele enfrentar solo la burocracia, la pobreza, la inseguridad o la falta de servicios.
- El problema no es que Bolivia carezca de leyes: tenemos leyes para casi todo. El problema es que esas leyes rara vez se convierten en protección efectiva. Y cuando el Estado no cumple su función esencial, se impone la ley del más fuerte.
- El más fuerte es quien tiene poder político, dinero, influencia o contactos para imponer sus intereses. Los demás quedan librados a su suerte: el estudiante, el enfermo, la madre que sostiene un hogar, el productor, el transportista, el ciudadano que reclama justicia y, por supuesto, el animal que no tiene voz para defenderse.
- Lo paradójico es que quienes más poder tienen casi nunca pagan el precio de las crisis. Las decisiones políticas y los errores administrativos recaen sobre quienes menos posibilidades tienen de defenderse.
- El jaguar debería provocar una reflexión más profunda que la simple indignación por su muerte. No basta con castigar a quien lo mató; también hay que preguntarse por qué nadie lo protegió cuando aún era posible hacerlo.
- Ese es el verdadero rostro del Estado salvaje: no un Estado sin leyes, sino un Estado presente en el papel y ausente cuando sus ciudadanos —o un animal amparado por sus propias normas— realmente lo necesitan.
- Un Estado que cobra impuestos, crea instituciones y aprueba leyes, pero no garantiza lo esencial, termina siendo inservible para quienes más dependen de él. Y mientras permanece ausente, los bolivianos quedamos sometidos a una regla elemental y brutal: cada uno debe arreglárselas como pueda para sobrevivir.