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Por qué las élites chinas todavía quieren irse

Enfoque Internacional | | 2026-08-14 08:21:00

La decisión de una amiga de abandonar China comenzó en 2018, en una calle concurrida de Pekín. Nacida y criada en la capital y con un buen empleo en una empresa internacional, viajaba en taxi cuando vio a un hombre tendido en una parada de autobús, aparentemente sufriendo una convulsión. Varias personas estaban cerca, pero nadie se acercaba.

Ella bajó del taxi, llamó a una ambulancia y esperó unos 15 minutos. Durante ese tiempo, muchas personas pasaron junto al hombre sin detenerse. Un niño preguntó a su padre qué le ocurría y el hombre se lo llevó rápidamente, diciéndole que no debía meterse en los asuntos de los demás.

Al día siguiente, mi amiga comenzó a buscar la manera de salir de China. Finalmente, consiguió un traslado a una oficina de su empresa en Estados Unidos.

Por supuesto, no todos los chinos reaccionarían de la misma manera. Existen numerosas historias de personas que ayudan desinteresadamente a desconocidos. Sin embargo, relatos como el de mi amiga muestran que la indiferencia y la desconfianza presentes en la vida cotidiana influyen en la decisión de algunas personas de abandonar el país, incluso cuando tienen vidas prósperas y privilegiadas.

China proyecta una imagen de éxito impresionante. Su liderazgo en energías limpias y vehículos eléctricos, sus avances en inteligencia artificial y robótica, sus ciudades modernas y sus eficientes sistemas de transporte y distribución hacen pensar que es un lugar ideal para que las élites prosperen.

La propaganda estatal, por su parte, presenta a Estados Unidos como una potencia decadente, afectada por el crimen, el racismo y la violencia. Parte de esa comparación puede parecer convincente. Un tren retrasado en Estados Unidos, por ejemplo, difícilmente compite con la puntualidad de los trenes de alta velocidad chinos.

Y, sin embargo, muchos chinos siguen queriendo marcharse. El fenómeno llegó a ser tan extendido que en internet surgió el término runxue, una especie de “ciencia de escapar” de China.

Cuando pregunto a mis amigos chinos por qué emigraron a Estados Unidos u otros países occidentales, pocos mencionan inicialmente la libertad o la democracia. Hablan de experiencias mucho más sencillas: desconocidos que sonríen o ayudan, vecinos que se saludan y mantienen relaciones de confianza, y vínculos profesionales que no dependen de interpretar intenciones ocultas o cultivar contactos personales.

La desconfianza hacia los desconocidos tiene raíces profundas en la sociedad china. Las personas suelen mostrar una fuerte solidaridad con familiares y amigos, pero mucho menos confianza hacia quienes están fuera de sus círculos. Eso no significa que carezcan de compasión. Al contrario, las grandes reacciones sociales ante casos de maltrato demuestran que existe una profunda preocupación por los más vulnerables.

El problema es que esa compasión colectiva no siempre se convierte en ayuda directa. Muchas personas dudan en intervenir porque temen ser engañadas o terminar perjudicadas.

Un ejemplo es el pengci, práctica consistente en fingir o exagerar accidentes para obtener una compensación. El caso de Peng Yu, ocurrido en 2007, se convirtió en una referencia nacional. El joven aseguró haber ayudado a una anciana que había caído cerca de una parada de autobús, pero ella lo acusó de haberla derribado y un tribunal ordenó que pagara una indemnización. Desde entonces circularon numerosas historias sobre personas que, después de ayudar a desconocidos, terminaron acusadas o perjudicadas.

El Gobierno intentó combatir este temor mediante leyes que protegen a quienes prestan ayuda de buena fe, además de premios y reconocimientos oficiales. Pero la confianza no puede fabricarse mediante campañas propagandísticas.

La confianza verdadera necesita reglas previsibles, igualdad ante la ley, instituciones independientes y la certeza de que policías y jueces buscarán la verdad, incluso cuando afecte a personas poderosas. Bajo el Partido Comunista Chino, la estabilidad política suele estar por encima de la justicia y las conexiones pueden proporcionar impunidad.

También hace falta una sociedad civil libre. Organizaciones vecinales, asociaciones profesionales, organizaciones benéficas y grupos comunitarios permiten que las personas se conozcan, cooperen y desarrollen vínculos. Sin embargo, el Partido Comunista considera muchas de estas organizaciones una amenaza y ha cerrado o controlado numerosas iniciativas independientes.

China también ha construido uno de los sistemas de vigilancia más extensos del mundo. Cámaras con reconocimiento facial y la recopilación de datos personales pueden ayudar a prevenir delitos, pero no crean confianza. El mismo sistema que vigila a los delincuentes también controla a periodistas, activistas y ciudadanos considerados incómodos.

El resultado es una sociedad cada vez más atomizada. Las personas viven en ciudades densamente pobladas y están permanentemente conectadas mediante teléfonos y redes sociales, pero pueden sentirse aisladas e impotentes. Pueden indignarse ante el maltrato de una mujer, un animal o un vecino, pero sentir que no tienen capacidad para hacer nada.

China puede ofrecer eficiencia, orden, tecnología y comodidad. Lo que no puede fabricar fácilmente es la confianza humana.

Por eso algunos miembros de las élites siguen marchándose, aun cuando deben cambiar los trenes rápidos y los servicios baratos por el desorden y las deficiencias de Estados Unidos. Tal vez no hablen de libertad o democracia al explicar su decisión. Pero, en última instancia, la búsqueda de una sociedad donde las personas puedan confiar unas en otras también es una cuestión política.

Yaqiu Wang - Política Exterior