Un ministro hizo lo mismo que hacen miles de bolivianos: apenas asumió el cargo, se compró un auto de lujo, quizás para darse ínfulas. Y para que le saliera más barato, se saltó normas y trámites. Es la costumbre de siempre: el atajo que toma cualquiera para no pagar lo que corresponde. Lo hace la gente en tiendas y mercados, lo hace el vecino, lo hacen incluso quienes hoy lo critican, cuando compran electrodomésticos sin factura o alteran el monto de una compra. El problema es que no hablamos de un ciudadano cualquiera, sino de un ministro que actuó exactamente igual que cualquiera que llega a ese cargo sin dejar atrás viejas mañas. Esto plantea una pregunta de fondo: ¿dónde nace la corrupción, en la sociedad o en el gobierno? La realidad es que ambos se retroalimentan. Los funcionarios salen de una sociedad acostumbrada a transgredir y el ciudadano común encuentra la excusa perfecta para buscar atajos cuando ve que los de arriba pasan por alto las leyes. El gobierno exige orden en el pago de impuestos, mientras uno de los suyos incumple esa misma norma; el ciudadano transgrede y luego se molesta al verse reflejado en ese espejo.