Debido a que se ha registrado actividad sísmica en varios países, hay quienes se preguntan si esto constituye alguna forma de castigo divino. De hecho, en Venezuela circuló un video en el que se realizaba un ritual afrocubano donde se cantaba «que tiemble la tierra», tras lo cual comenzó un terremoto.
¿Es un castigo? Respuesta corta: no. La Iglesia no enseña que un terremoto o sismo sea, en general, un castigo divino identificable contra las personas que lo sufren. Por lo tanto, no es legítimo afirmar, sin una revelación especial que cuente con el visto bueno eclesial, que una determinada catástrofe ocurrió porque Dios quiso castigar los pecados de una ciudad, un país o un grupo concreto.
La Biblia nos dice que Jesús rechazó esa conclusión cuando le hablaron de personas que habían sufrido muertes violentas. Él cuestionó a quienes le preguntaban: «¿Piensan que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque padecieron semejante suerte? […] ¿O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató, piensan que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? De ningún modo» (cf. Lc 13, 2-5).
En cuanto al Magisterio eclesial, san Juan Pablo II afirmó contundentemente que no se puede atribuir «inconsideradamente» al pecado el sufrimiento de quien padece un mal, porque muchas veces quienes sufren son inocentes, y el argumento que dio con mayor peso y lógica fue este: Cristo mismo fue el primero entre ellos.
¿Qué más nos revela la Iglesia? Un terremoto es un mal físico, es decir, un sufrimiento o daño que afecta a la creación y a las personas. La fe cristiana afirma que Dios creó el mundo bueno, pero que la creación se encuentra marcada por la fragilidad, la corrupción y la muerte. Esto no significa que cada terremoto sea consecuencia directa de un pecado personal concreto.
El Catecismo de la Iglesia Católica reconoce que la existencia del mal físico es un misterio:
«El hecho de que Dios permita el mal físico e incluso moral es un misterio que Dios ilumina por medio de su Hijo Jesucristo, que murió y resucitó para vencer el mal» (CIC n.º 355).
La providencia divina no significa que comprendamos inmediatamente por qué ocurre cada tragedia. Dios, Creador, puede permitir que sucedan fenómenos naturales sin ser por ello autor de una injusticia ni estar señalando a las víctimas como culpables. La Iglesia enseña que Dios puede sacar bienes incluso de situaciones terribles (Romanos 8, 28), aunque esos bienes no siempre sean visibles en esta vida.
¿Puede una catástrofe llamarnos a la conversión? Sí, porque nos hace recordar nuestra humana fragilidad, nuestra mortalidad, que no tenemos garantizado el mañana y que tampoco poseemos un almacén de tiempo. Una tragedia puede ser ocasión para examinar la propia vida, volver a Dios, practicar la solidaridad y recordar la fragilidad humana. El hecho de que, en medio de una experiencia como esta, algunos puedan volverse a Dios —como dice el viejo dicho: «ateos hasta que se cae el avión»— no autoriza a decir que las víctimas fueron castigadas por pecados determinados.
En Lucas 13, Jesús no identifica a las víctimas como más pecadoras, sino que utiliza esos acontecimientos para exhortar a todos a la conversión. Por tanto, el mensaje cristiano no es: «Ellos sufrieron porque eran peores», sino: «Todos necesitamos vivir reconciliados con Dios y preparados para encontrarnos con Él».
También debe distinguirse entre el castigo temporal o la corrección personal, que en ciertos contextos puede formar parte de la pedagogía divina, y una catástrofe natural concreta, cuya causa moral no podemos determinar.
El Catecismo del Concilio de Trento habla de que algunas adversidades pueden ser permitidas por Dios para corregir o purificar. Pero el mismo principio no permite concluir automáticamente que toda calamidad sea un castigo y, mucho menos, que conozcamos quién merece sufrirla o por qué.
Es poco cristiano hacer afirmaciones como: «Ese terremoto ocurrió porque esa población era pecadora» —así que el famoso video no demuestra nada—; «Las personas fallecidas recibieron lo que merecían»; «Dios destruyó esa ciudad por sus pecados concretos»; o «Quienes sobrevivieron eran más justos que quienes murieron».
Tales afirmaciones pueden causar escándalo, herir a los afectados y presentar una imagen deformada de Dios. El papa Francisco afirmó, al reflexionar sobre las calamidades, que no quería hablar de «retribución divina» ni reducir el daño sufrido a un castigo por las ofensas humanas.
Nuestra respuesta cristiana ha de ser tener y practicar compasión por las víctimas, sin juicios precipitados; orar por los fallecidos, heridos y damnificados; brindar ayuda concreta mediante rescate, asistencia, donaciones y acompañamiento; y practicar la solidaridad, especialmente con quienes han perdido su hogar, su salud o a sus seres queridos.
También debemos mantener la esperanza en Cristo, que no elimina mágicamente todo sufrimiento, pero acompaña al ser humano y promete la victoria final sobre la muerte.
Los papas han respondido a los terremotos sin proclamar castigos, sino expresando cercanía, oración y solidaridad. El papa Benedicto XVI subrayó que, ante una tragedia sísmica, era el momento de unir los esfuerzos de las instituciones, las parroquias, las asociaciones y todas las personas de buena voluntad.
El papa Francisco, cuando visitó una población afectada por un terremoto, señaló que quienes han sufrido pueden aprender una sensibilidad más profunda hacia el sufrimiento ajeno y convertirse en testigos de la misericordia. No presentó el terremoto como una condena, sino como una ocasión —en medio de un dolor real— para vivir la humildad, la ayuda mutua y la esperanza.
La Iglesia no permite afirmar apriorísticamente que un terremoto sea, sin más, un castigo divino contra sus víctimas. Dios es juez y el pecado tiene consecuencias; aun así, no podemos establecer una relación directa entre una catástrofe concreta y los pecados de quienes la padecen. Jesús mismo rechazó esa lógica.
Ante un sismo, el cristiano debe evitar la acusación y ofrecer oración, ayuda, misericordia y solidaridad. El Misal Católico tiene una misa especial de invocación en caso de terremotos. La tragedia sigue siendo un misterio, pero la fe afirma que Dios no abandona a quienes sufren y que, finalmente, puede conducir incluso las situaciones más dolorosas hacia un bien que ahora no alcanzamos a comprender plenamente.
Dios con nosotros.