El Estado tranca, que nació como una promesa para destrancar el país, empieza a convertirse en un monumental trancapecho. Se lo sirve caliente, se lo anuncia con entusiasmo y, aparentemente, viene con todos los ingredientes para destrancar Bolivia.
El problema comienza cuando el Gobierno anuncia, promete, enuncia, lanza y propone. El ciudadano escucha, espera y engulle ese discurso como quien recibe una promesa de solución a corto o mediano plazo. Cree que aquello podría convertirse, finalmente, en realidad. Pero pasan los días, pasan las semanas y no pasa nada.
Entonces aparece el efecto trancapecho: un atoramiento por exceso de promesas. No hay garganta que aguante indefinidamente tantos anuncios sin resultados. El Estado trancapecho comienza a hacerse visible en el estancamiento, pero también en el desprestigio, el descreimiento y la desacreditación de un Gobierno que anuncia mucho, promete bastante y concreta poco.
El trancapecho, como se sabe, no es plato para impacientes. Pan, arroz, papa, huevo, carne, cebolla, locoto y todo aquello que haga falta para convertir un bocado en una prueba de resistencia. Uno lo mira y piensa: “Qué maravilla”. Da el primer mordisco, luego el segundo, acelera porque tiene hambre y, de pronto, descubre que también puede atragantarse.
Con el Estado pasa algo parecido. Se anuncia un Estado tranca para destrabar la burocracia, acelerar trámites, eliminar obstáculos y poner al país a correr. Pero una cosa es engullir promesas y otra muy distinta digerir resultados. Cuando el discurso se convierte en menú permanente y la realidad sigue servida en el mismo plato, el problema deja de ser el hambre y pasa a ser la indigestión.
Pero entremos en materia.
La tranca del “Latin Lover” chapareño, Evo Morales Ayma, se ha convertido en una promesa de temporada larga. Se anuncia, se prepara, se comenta, se amenaza, se posterga. Ya está. Ya viene. Está próxima. Es cuestión de tiempo.
¡Guerra avisada jamás mata soldado, su excelencia!
Mientras tanto, el hombre permanece en su territorio tropical, entre discursos, fiestones, pachangas, jaleos y pulseadas de poder. Una detención que nunca llega también es una tranca. Y vaya tranca. Mientras el país espera que la justicia haga su trabajo, el expediente parece avanzar con la velocidad de una carreta sin ruedas.
A eso se suma otra tranca, particularmente dolorosa para Cochabamba: el Chapare. Una región que podría ser un gran polo productivo, turístico y económico terminó convertida, durante años, en un territorio donde el Estado parece entrar con cautela, pedir permiso y salir mirando hacia atrás.
¿De qué sirve hablar de un Estado que destranca si no existen las suficientes agallas políticas para recuperar autoridad en uno de los territorios donde la ha perdido? El Chapare podría ser una locomotora, pero una locomotora con las vías bloqueadas no lleva a ninguna parte.
Otra tranca: los feriados. Este país parece haberse convertido en un monumento nacional al descanso obligatorio. Apenas termina uno, ya estamos mirando el calendario para saber cuándo comienza el siguiente. Durante los 53 días de bloqueos que afectaron a Bolivia entre mayo y junio, además, hubo feriados nacionales como el Día del Trabajo y el doble feriado de Corpus Christi.
Descansar no es malo. Convertir el descanso en política de Estado mientras la economía necesita producir, invertir y crecer, quizá sí. Un país que trabaja a ratos, produce a ratos y se paraliza con entusiasmo difícilmente puede despegar.
Otra tranca, quizá de las más pesadas: la corrupción.
¿Acaso la corrupción no es una supertranca, presidente Paz? Claro que lo es. Tranca la inversión, la transparencia, las licitaciones, la confianza, al empresario y al ciudadano. Cuando se instala, cada trámite tiene un peaje invisible y cada proyecto, una puerta que alguien parece controlar desde dentro.
Y luego está la justicia. Una justicia lenta, cuestionada, politizada o imprevisible es una tranca monumental. Sin justicia no hay seguridad jurídica; sin seguridad jurídica no hay inversión; sin inversión no hay empleo suficiente; y sin empleo no hay crecimiento sostenible. Una tranca produce otra tranca, hasta formar una cadena nacional.
También falta una ruta clara. ¿Qué modelo económico se quiere construir? ¿Qué sectores serán prioritarios? ¿Qué se hará con la minería, los combustibles, el gas y la agroindustria? ¿Qué papel tendrán el turismo, la cultura, la tecnología y los servicios?
Si no existe un horizonte, el Gobierno puede anunciar diez Estados tranca y veinte planes de destranque, pero el país seguirá dando vueltas en la misma rotonda.
Por eso cuesta entender la desaparición del Ministerio de Culturas y Turismo cuando Bolivia necesita diversificar su economía, generar empleo, atraer visitantes y convertir sus recursos culturales y naturales en riqueza. El turismo podría ser una gran fuente de divisas y empleo, pero necesita promoción, infraestructura, seguridad, conectividad, planificación y Estado. No necesita que lo trancen.
Y está el más reciente trancapecho: la polémica por la vagoneta Audi del ministro de Economía y Finanzas, Gabriel Espinoza. El problema no es la marca ni el lujo. Si el vehículo fue comprado legalmente con su dinero, que cada quien compre el automóvil que quiera.
Lo relevante es determinar si el Estado fue defraudado mediante una eventual evasión tributaria, particularmente del Impuesto a las Transacciones. Si se confirma, la cuestión cambia por completo. Mientras el ciudadano paga sus impuestos y cumple sus obligaciones, sería indignante que un funcionario aparezca involucrado en una operación destinada a pagar menos de lo que correspondía.
Bolivia está a trancas y barrancas: quiere correr, pero tropieza; invertir, pero desconfía; producir, pero se paraliza; justicia, pero la espera; turismo, pero desmonta sus instrumentos.
Presidente Paz, quizá antes de ofrecer otro gran bocado de Estado tranca, convendría revisar la receta.
Porque un país no se destranca con palabras. Se destranca con decisiones y acciones. Y si la idea es quitar las vallas, habrá que comenzar por las más grandes.