Bajo el penoco

Narcocultura

| 2026-08-22 08:26:37

Hace unos años, hasta María Galindo, que no parece asustarse con nada, se quedó pasmada cuando una adolescente de un pueblo perdido del altiplano le respondió con soltura que su sueño es convertirse en narcotraficante. Lo dijo no solo porque probablemente consume series, telenovelas y relatos de ficción que exhiben los lujos de los mafiosos y líderes de cárteles, sino porque lo ve in situ: los narcos gozan de impunidad, protección y toda clase de privilegios en Bolivia. Eso provoca envidia. Hoy volvemos a quedar pasmados por la reacción mecánica e inconsciente de un grupo de periodistas que se dejó llevar por la algarabía de tener frente a sus ojos a una diva del narco, y le pidió una fotografía grupal, como si se tratara de una personalidad de la política internacional, la ciencia o la farándula. Ni Shakira en su mejor momento habría desatado tanto fervor. Sabíamos que el narcotráfico había penetrado todas las estructuras de nuestra sociedad, pero esta fascinación sólo se explica cuando la narcocultura ya forma parte de nuestra vida cotidiana. El próximo paso será convertir a los narcos en santos, como ocurre en algunos lugares de México.