Ojo Centinela

Bolivia entre consultores, áureas y narcopleitesia

Bolivia entre consultores, áureas y narcopleitesia
Roberto Méndez - Periodista | Periodista
| 2026-08-26 00:02:00

Tres fenómenos sociales y comunicacionales llevan a pensar que en Bolivia vivimos una hibridación perfecta de la “modernidad líquida”: tenemos las batallas de jóvenes que juegan al “farmeo” en las calles para obtener su “aura”; los consultores internacionales y las granjas de bots que prefabrican “likes” y preferencias políticas, en una situación que ha encendido las alarmas con la detención de quien se presentaba como asesor presidencial de Rodrigo Paz, Fernando Cerimeo, envuelto en un escándalo tras el también supuesto atentado contra la activista Nadia Beller. Y la cereza de la torta: periodistas que se pelean por salir en una foto con la hermana del narcotraficante uruguayo Sebastián Marset, a cuya organización se atribuyen los 11 ajustes de cuentas ocurridos en una semana en Santa Cruz.

Desde la teoría, el antropólogo argentino-mexicano Néstor García Canclini la describiría como una mezcla de ilegalidad, poder y espectáculo convertida en modelo aspiracional de la “modernidad líquida”.

La “modernidad líquida” es un concepto desarrollado por el sociólogo polaco-británico Zygmunt Bauman, de la Universidad de Varsovia, quien sostiene que los Estados, los partidos y las ideologías ya no ofrecen certezas. Y donde existe un vacío de sentido, aparece el mercado para vender certezas en cápsulas. Ahí entran los consultores internacionales. No vienen como políticos; vienen como técnicos. No prometen ideología, prometen “resultados”.

Los consultores convierten la política en PowerPoint, la crisis en una diapositiva y el sufrimiento en un gráfico de barras. El “salvador” es quien mejor vende la narrativa. Así, se sabe que Cerimedo operó en Estados Unidos y se concentró en América Latina. Fue estratega digital de Javier Milei en Argentina, asesor de Jair Bolsonaro en Brasil, trabajó en el plebiscito de Chile y terminó en Bolivia, cerca del presidente Rodrigo Paz.

Y cuando se trata de explicar cómo los espacios públicos y hasta las universidades se han llenado de jóvenes que realizan movimientos extraños para llamar la atención en el famoso “farmear aura”, una tendencia surgida de los videojuegos que ahora atrapa a la generación Z, nacida entre las décadas de 1990 y 2010, encontramos a una generación que, ante la falta de referentes, busca validación externa.

“Es la anomia”, ya advertía uno de los fundadores de la sociología, el francés Émile Durkheim, cuando atribuía este fenómeno a la división del trabajo en la sociedad. Se trata de un “estado sin normas” que hace inestables las relaciones del grupo e impide su integración, mientras las estructuras sociales ejercen una presión decisiva sobre determinadas personas, hasta producir conductas inconformistas en lugar de conformistas.

El riesgo es que una sociedad anómica, en palabras de Émile Durkheim, termine confundiendo tendencia con consenso y viralización con verdad.

A esto se suma el fenómeno de periodistas que, felices, posan con la hermana de Sebastián Marset y omiten preguntarle cómo explica que los involucrados en los ajustes de cuentas sean identificados por la Policía como miembros de la estructura del traficante, hoy detenido en Estados Unidos. Eso desdibuja la misión del periodismo de ser el faro de la sociedad y la piedra en los zapatos del poder, en esa búsqueda del servicio a la sociedad y de la distancia que debemos mantener con fuentes que pueden llevarnos a la apología del delito.

La combinación de una crisis económica persistente, la desconfianza ciudadana hacia las instituciones democráticas y la expansión de plataformas digitales sin mecanismos efectivos de regulación ha generado un terreno fértil para la consolidación de estas conductas sociales. A ello se suma la guerra por el “like”, que desplaza al periodismo serio.

Roberto Méndez - Periodista | Periodista