Editorial

Reflexiones sobre el engaño y la mentira

Editorial | | 2026-08-27 07:36:42

Las redes sociales se han convertido en un laboratorio inagotable para la psicología social. Un reciente y revelador experimento virtual consistió simplemente en lanzar una pregunta al aire digital: «¿Cuál es la frase más falsa que existe?». La avalancha de respuestas no tardó en llegar, revelando un mapa desolador pero fascinante de la picaresca humana. Sin embargo, más allá del humor o la anécdota, el resultado nos coloca frente a una profunda reflexión sobre la condición humana y la salud cultural de nuestra sociedad.

Existe la creencia generalizada de que la mentira, el engaño y la simulación son patrimonio casi exclusivo de la esfera política. Tendemos a pensar que la falsedad habita únicamente en los estrados, en las campañas electorales o en los discursos oficiales. Pero la evidencia social demuestra todo lo contrario: el engaño está entretejido en la trama misma de nuestra cotidianidad. Respuestas tan comunes como «mañana te pago», «te llamo en cinco minutos», «un día de estos nos juntamos», “ahorita llego” o el archirepetido «cuenta conmigo para lo que sea» revelan que la falsedad es la moneda de cambio habitual con la que negociamos el afecto, la empatía y la convivencia diaria.

Esta dinámica adquiere un matiz especialmente crítico en Bolivia. Nuestro país figura sistemáticamente en los índices internacionales entre las naciones con mayores niveles de percepción de corrupción y anomia social, donde la transgresión de la norma no solo se tolera, sino que a menudo se celebra como astucia. Existe una tendencia natural a culpar de esta degradación moral a la clase gobernante, como si los líderes emergieran de la nada, como si fueran astillas de otro palo. Sin embargo, los políticos no caen del cielo ni bajan de una montaña sagrada; son el producto directo de la misma matriz cultural. Nacen, crecen y se forman en el seno de familias, barrios, aulas y mercados donde el engaño sutil está naturalizado.

Cuando una sociedad invierte sus valores al punto de normalizar la pequeña mentira cotidiana, el terreno queda abonado para que florezca la gran corrupción institucional. La promesa rota del ciudadano común que evade un compromiso personal es el embrión de la promesa incumplida del autoridad que liquida la fe pública. La política no es más que el reflejo amplificado de la microética ciudadana.

Superar el lastre de la mentira estructural requiere entender que la ética no se reforma únicamente mediante leyes o decretos, sino mediante la restauración del valor de la palabra empeñada en el día a día. Reconocer la falsedad en nuestro lenguaje diario es el primer paso para dejar de ser cómplices de un entorno donde la verdad se ha vuelto la excepción y no la regla.

Asumir esta responsabilidad implica desaprender la complicidad del silencio y erradicar la viveza criolla que celebra el atajo deshonesto. Solo cuando el ciudadano común comience a honrar la verdad en sus pequeñas interacciones, exigirá lo mismo a sus representantes, construyendo una cultura donde la integridad sea la verdadera norma social.

Los políticos no bajan de una montaña: emergen de una sociedad que naturaliza el engaño diario. La gran corrupción pública no es más que el reflejo amplificado de nuestra microética cotidiana.