Editorial

Redes sociales: el daño está hecho

Durante años nos dijeron que las redes sociales eran el futuro. Que democratizarían la información, acercarían a las personas, ampliarían las oportunidades y convertirían...

Editorial | | 2026-08-31 00:02:00

Durante años nos dijeron que las redes sociales eran el futuro. Que democratizarían la información, acercarían a las personas, ampliarían las oportunidades y convertirían a cada ciudadano en un potencial comunicador. Lo que casi nadie quiso escuchar fue la otra mitad de la historia: detrás de esa revolución también se estaba construyendo una gigantesca maquinaria para capturar nuestra atención, convertirla en dinero y moldear nuestra conducta.

El reciente acuerdo de Meta por hasta 17.100 millones de dólares, vinculado a demandas por los presuntos daños ocasionados a menores es una señal de que aquella ingenuidad tecnológica comienza a agotarse. Jonathan Haidt, autor de “La generación ansiosa”, lo resume con una frase contundente: estamos intentando “volver a meter al genio en la botella”. El problema es que el genio ya salió hace mucho.

La discusión tampoco debería reducirse a si Facebook, Instagram o TikTok son “buenos” o “malos”. El asunto es mucho más profundo. Las plataformas fueron diseñadas para que permanezcamos conectados el mayor tiempo posible. El desplazamiento infinito, las notificaciones, los algoritmos que aprenden nuestros gustos y los mecanismos de recompensa convierten la atención humana en el principal producto.

Nunca tuvimos tantas herramientas para comunicarnos y, al mismo tiempo, nunca pareció tan difícil conversar. Tenemos acceso instantáneo a millones de datos, pero cada vez cuesta más distinguir información de propaganda, conocimiento de entretenimiento y opinión de verdad. El teléfono que llevamos en el bolsillo puede ser una biblioteca, un periódico, una cámara, una oficina y una escuela. También puede convertirse en una máquina de distracción permanente.

Los niños y adolescentes son el caso más preocupante porque todavía están formando su personalidad, su capacidad de concentración y sus mecanismos para relacionarse con los demás. Si una generación crece acostumbrada a recibir estímulos cada pocos segundos, ¿qué ocurrirá con su capacidad para leer un libro, escuchar una clase, mantener una conversación larga o tolerar el aburrimiento?

Sería cómodo culpar únicamente a los jóvenes. Los adultos también han caído en la trampa. Muchos padres se quejan de que sus hijos pasan demasiado tiempo frente a las pantallas mientras revisan compulsivamente sus propios teléfonos. El problema dejó de ser generacional. Es social.

La verdadera batalla no consiste solamente en imponer controles de edad o limitar el uso nocturno. Tampoco basta con responsabilizar a las empresas. Hace falta recuperar una cultura de la atención: aprender nuevamente a estar presentes, leer sin interrupciones, conversar sin mirar una pantalla y aceptar que no todo instante de nuestra vida necesita ser registrado, publicado o comentado.

Tal vez el daño ya está hecho. Millones de personas ya entregaron años de su atención a estas plataformas. Pero reconocer el daño no significa resignarse. Significa dejar de llamar progreso a cualquier tecnología simplemente porque es nueva.

El desafío ahora no es destruir las redes sociales. Es impedir que ellas terminen destruyendo nuestra capacidad de decidir cuándo queremos utilizarlas y cuándo queremos vivir sin ellas.