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Tolkien, las dos torres y la imitación autoritaria

Tolkien, las dos torres y la imitación autoritaria
Emilio Martínez Cardona | Columnista
| 2026-09-02 00:25:48

Este 2 de septiembre se cumple un nuevo aniversario de la muerte de J.R.R. Tolkien, escritor que no sólo construyó lenguajes y mitologías equiparables a los de culturas enteras, sino que también nos dejó reflexiones esenciales sobre el poder político, que siguen teniendo plena vigencia.

Una de ellas es la relacionada con la imitación competitiva de los poderes autoritarios, que suelen declamar su combate pero admirarse en secreto, copiando los métodos más viles del adversario. Esto es visible en su clásica trilogía, particularmente en el eslabón intermedio, “Las dos torres”, donde el mago Saruman, encandilado por la sesgada omnisciencia de los palantir, decide construir un ejército terrible a imagen y semejanza del de Saurón.

Aunque Tolkien siempre negó la influencia consciente de la Segunda Guerra Mundial sobre la elaboración de su trilogía, es casi imposible no hacer un paralelo de las torres de Orthanc y Barad-dûr con la relación que existió en su momento entre los dos grandes totalitarismos, el nacionalsocialista y el comunista, acérrimos enemigos en lo discursivo y en varios planos del combate político, pero al mismo tiempo con dinámicas de mimetismo y, en un momento clave que fue bisagra de la historia, de pacto y reparto territorial.

Una de las áreas donde se produjo esa relación imitativa fue la propaganda, con el diseño de narrativas reduccionistas y la hipnosis colectiva de los simbolismos. Quien haya leído las páginas premonitorias del “Mein Kampf”, recordará las burlas de Hitler sobre las “aburridas reuniones de los partidos burgueses” y su intención de crear “una cosmovisión tan fanática como la de los comunistas”.

El uso de los medios masivos o industriales de comunicación fue un campo donde ambas corrientes totalitarias compitieron de forma mimética. Sobre el punto y volviendo a Tolkien, el autor nos muestra que Saruman desarrolla un lenguaje mucho más moderno que el de los demás personajes, con un montaje deliberado de artificios manipulatorios. Voz que parece constituir la potencia fundamental del mago para controlar a sus oyentes y, por ese intermedio, modificar la realidad a su conveniencia.

Esta crítica de Tolkien a la “industrialización forzada” del discurso podría tener puntos de contacto con la planteada por otro maestro de la ficción, Eric Blair/George Orwell, al describirnos la neolengua en su libro “1984”.

La reflexión sobre las relaciones imitativas entre los poderes arbitrarios puede servirnos de advertencia hoy, cuando escuchamos voces impacientes, cansadas por las secuelas dejadas por los “autoritarismos de la igualdad”, pidiendo “autoritarismos del orden” y poniendo el ejemplo de algún gobernante centroamericano, constructor de cárceles, conservador pro-chino y reeleccionista ad infinitum.

Emilio Martínez Cardona | Columnista