No tener petróleo, gas ni diésel no es ningún calvario. Numerosos países prósperos como Japón, Corea del Sur, Singapur, Suiza o Irlanda no poseen ni una gota de hidrocarburos y son grandes potencias con combustible importado. Nuestro verdadero calvario tiene nombre propio: incapacidad. Incapacidad para leer a tiempo la declinación de nuestras reservas mientras el gas se agotaba sin que nadie perforara un pozo nuevo. Incapacidad para soltar un monopolio estatal que ahogó a YPFB y le niega al sector privado la posibilidad de importar su propio combustible. Incapacidad para sostener un subsidio que viene devorando dólares durante veinte años. No nos falta petróleo bajo el suelo, sino sensatez sobre la superficie. Nos sobra estatismo obsoleto, burocracia que traba, corrupción que drena y nos falta la valentía política de reconocer a tiempo que un modelo agotado no se sostiene con discursos. El diésel no escasea por culpa de la naturaleza. Lo que pasa es que seguimos con un régimen que actúa de espaldas a la realidad.