Bolivia tiene un problema de vocabulario que en realidad es un problema de carácter: le decimos "pacto" a lo que casi siempre termina en comunicado, y "diálogo" a lo que casi siempre termina en foto. Firmamos, aplaudimos, nos retratamos frente a una mesa con manteles blancos y al día siguiente el país sigue igual: mismo modelo, mismos privilegios intactos, misma factura pendiente.
Llevamos meses escuchando a políticos, analistas y dirigentes apelar a las mismas palabras mágicas: «diálogo», «consensos», «pactos» y «cumbres de unidad». Nos aseguran que sentándose alrededor de una mesa, firmando un documento con membrete oficial y posando para la foto de rigor, la crisis desaparecerá como por arte de magia.
El país no sufre por falta de diagnósticos, sino por una crónica e irresponsable incapacidad de ejercer el poder de decisión. Mientras la clase política se enreda en debates procedimentales, acuerdos parlamentarios de fachada y regateos de cuotas de poder, el Modelo Económico Social Comunitario Productivo sigue operando por inercia, devorando las reservas, asfixiando al sector privado y pavimentando el camino para el retorno de la demagogia destructiva.
En 2025 casi el 70% del país votó para terminar con el modelo económico que nos trajo hasta aquí. Un año después seguimos redactando documentos de buena voluntad, mientras el modelo que debía desmontarse sigue operando por inercia: las empresas deficitarias siguen ahí, el tipo de cambio sigue distorsionado, el gasto público sigue sin ajustarse a la realidad de las reservas.
El consenso ciudadano exige la desarticulación acelerada de un modelo fracasado, la erradicación de las trabas estatistas y por un rumbo económico basado en la libertad, la productividad y el respeto a la propiedad privada. Convertir ese mandato popular en una serie de "cumbres" que no resuelven nada es traicionar la voluntad de cambio y condenar a Bolivia a caminar en círculos.
Cada mes sin decisiones trabaja a favor de quienes prefieren que nada cambie. Si la clase política sigue ofreciendo cumbres en lugar de resultados, ese desgaste terminará beneficiando otra vez al discurso populista que prometía protegernos de la misma crisis que provocó.
Se necesitan decisiones valientes: cortar de raíz el gasto fiscal deficitario, cerrar las empresas públicas invisibles que solo generan pérdidas, liberar las exportaciones de una vez por todas, dar seguridad jurídica de hierro a la inversión y reformar las reglas del juego para que el ciudadano pueda producir sin la bota del Estado sobre el cuello.
Bolivia no necesita más buena voluntad sentada en una mesa. Necesita autoridades dispuestas a cargar con el costo político de una decisión impopular pero necesaria. El diálogo es una herramienta, no un objetivo.
Si el liderazgo actual insiste en sustituir las reformas de fondo por titulares de prensa y acuerdos tibios, la crisis terminará devorando la esperanza de la gente. Basta de saliva. Basta de papel mojado. Lo que Bolivia necesita hoy no son más promesas sino la voluntad política de tomar decisiones de una buena vez.
Cada mes sin decisiones trabaja a favor de quienes prefieren que nada cambie. Si la clase política sigue ofreciendo cumbres en lugar de resultados, ese desgaste terminará beneficiando otra vez al discurso populista que prometía protegernos de la misma crisis que provocó.